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11:31 el 15 septiembre 2016

El Lunes Negro un año después

Recientemente se ha cumplido el primer aniversario de la caída de los mercados que algunos han bautizado como el Lunes Negro chino. Los títulos del Shanghai cayeron un 8,5% durante el 24 de agosto del año pasado, desencadenando pérdidas en los mercados de todo el mundo y agitando los mercados de divisas y materias primas.

Además de las pérdidas financieras, el hundimiento del mercado dañó la reputación de los legisladores chinos. Los tecnócratas que habían dirigido al país durante la crisis financiera global  quedaron humillados ante la capitulación de los inversores que mostró los límites de su poder para controlar los mercados. Los inversores cuestionaron las suposiciones sobre el aterrizaje suave de una economía que no podía sostener durante más tiempo su implacable ritmo de crecimiento. Se dijo que China desencadenaría la próxima crisis financiera.

Casi al mismo tiempo, la gente empezó a vigilar el renminbi en busca de signos de vulnerabilidad económica. La debilidad de la divisa, se dijo, significaba claramente una devaluación, un signo seguro de que algo iba mal. La verdadera razón, que un yuan más débil era un síntoma de liberalización de la divisa, era, para muchas personas, menos convincente.

Un año después, y aunque las perspectivas de una recuperación global sostenible parecen remotas, las cosas se han estabilizado en China. A pesar de que se produjo otro susto en los mercados a comienzos de año, los estímulos del Gobierno están dando frutos, aunque esto significa reducir el ritmo de las reformas más importantes para el desarrollo a largo plazo.

¿Significa esto que China ha cambiado de rumbo? Solo si se ignora la larga lista de problemas que incluyen: deuda creciente, caída de la rentabilidad empresarial y la gran cantidad de empresas estatales, como las de la industria del carbón y el acero que dan trabajo a ciudades enteras y que luchan por sobrevivir.

Es cierto que el mercado inmobiliario se ha recuperado. Los inventarios de viviendas están empezando a desatascarse y la actividad de construcción se ha recuperado: ciudades como Nankín o Hefei cuentan con un stock de vivienda para solo tres o cuatro meses según las cifras de ventas actuales, aunque estas cifras son excepcionales. El ritmo de salidas de capital se ha desacelerado por los controles de capital.

Los inversores no han entrado en pánico ante la debilidad del renminbi. Una mejor comunicación por parte de los políticos –las autoridades del banco central han comenzado a compartir su visión en los medios estatales- lo que implica que más personas entienden por qué está pasando: con la divisa china estando ahora incluida en la cesta ponderada de 11 divisas, su relación con el dólar será más volátil.

El problema ahora es que la deuda de China –una intricada red que conecta a empresas vinculadas al Gobierno, bancos controlados por el estado y mercados de bonos- ha crecido notablemente dese la crisis financiera. La suma de la deuda corporativa, la deuda de los hogares, la deuda gubernamental y la deuda bancaria ha pasado entre 2008 y el año pasado de un 164% del PIB a un 247%. Sin embargo, solo una parte, unos 150.000 millones de dólares, es deuda denominada en divisa extranjera, incluso después del aumento de las emisiones de deuda denominada en dólares por parte de China durante los últimos cinco años.

¿Qué parte de esta deuda no podrá devolverse? Nadie lo sabe: las estimaciones se mueven en un abanico de entre 7 y 23 billones de yuanes, en función de diferentes supuestos. Esta cantidad se sitúa en torno al billón de dólares en el caso de la estimación más baja, o cerca de un 10% de una economía de 10 billones de dólares.  Aunque se piensa que el presidente de China, Xi Jinping, va a favorecer un enfoque de mano dura –mediante el cierre de empresas estatales comercialmente inviables e imponiendo más disciplina a los prestatarios vinculados al Gobierno- la solución de China hasta la fecha ha sido aprobar más estímulos, aunque a menor escala que en ocasiones anteriores. Aunque con esto se gana tiempo, también se crea más deuda.

 ¿Así que habrá pronto un colapso provocado por la deuda? La respuesta es: probablemente no.

La mayor parte de la deuda china está denominada en renminbi, lo que significa que, en el peor escenario, el Gobierno central puede imprimir dinero para rescatar a los prestatarios vinculados al Gobierno considerados de importancia sistémico; Pekín puede prestar directamente a los bancos gubernamentales, por lo que es menos probable que se seque esta fuente de financiación. China es también un exportador neto y prestamista de capital, lo que significa que la economía no depende del extranjero para financiar el déficit.

Sin embargo, los estímulos puede ser sólo una solución temporal. Pueden ayudar a retrasar una recesión repentina del crédito o una profunda depreciación de activos que, históricamente, han sido los catalizadores de crisis financieras. Pero los estímulos no pueden reemplazar las reformas necesarias para corregir las grandes distorsiones creadas por la errónea asignación de capital a industrias e inversiones improductivas.

Los políticos han logrado algunos progresos en relación al crédito de China: están abordando el problema del riesgo ético que implica para el mercado de bonos dejar que un puñado de empresas estatales incumplan sus pagos; el sistema financiero está empezando a diferenciar entre los riesgos crediticios que, aunque todavía son rudimentarios según los estándares globales, son un gran avance para los mercados locales.                                                   

A medida que aumentan los riesgos globales, los políticos tienen que armonizar el deseo de estabilidad con la necesidad de reformas esenciales. Tienen grandes decisiones por delante.

Hugh Young, director adjunto de Aberdeen

Fotografía: CPRESS Photo Limited/Alamy Stock Photo
Este artículo fue originalmente publicado el 23 de agosto por fortune.com

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