Miquel Sentandreu Mahiques  

Bolsavida (1746º) 

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Bolsavida
18:32 el 01 septiembre 2011

¿Alguien quiere acabar con el paro?

¿ALGUIEN QUIERE ACABAR CON EL PARO?

 

Hace más de veinte años, en un a situación de crisis en la que el porcentaje de personas sin empleo superó las cifras actuales, un compañero de trabajo que estaba afiliado a un sindicato internacionalista muy minoritario, me propuso que apoyara una serie de actos, principalmente huelgas y manifestaciones con el fin de reivindicar y defender los derechos de los trabajadores.

 

Entonces le comenté que a mi modo de ver el problema del paro no se soluciona gritando por las calles y paralizando la actividad diaria. Le dije a mi compañero que en una situación como la de entonces con un porcentaje de personas sin empleo superior al 20%, lo primero que habríamos de poner en marcha es la solidaridad. I la solidaridad no puede basarse únicamente en los seguros de desempleo, la solidaridad bien entendida se basa en la redistribución equilibrada y racional de los recursos.

 

En una sociedad ¿evolucionada? como la nuestra el recurso principal es el trabajo, que se materializa en creación de riqueza y redistribución de la misma en forma de salarios principalmente. Por eso cuando el trabajo disminuye, lo sensato, lo solidario, lo justo y racional sería disminuir las jornadas laborales y los salarios, con el fin de que nadie tuviera que pasar por la penosa situación de quedarse sin empleo ni sueldo. Mi compañero me respondió que él no repartía sus miserias con nadie.

 

Los trabajadores en activo y los sindicatos, por lo general no queremos ni oír hablar de reducciones de jornadas y salarios. Queremos mantener nuestros privilegios individuales, con la esperanza de que nosotros no nos vamos a quedar en el paro.

 

Los empresarios, aunque hay excepciones, todavía quieren saber menos de reducciones de jornadas laborales, aunque fuesen ligadas a disminuciones salariales. Prefieren contratar a los trabajadores en precario y deshacerse de ellos cuando vienen tiempos de crisis.

 

Los gobiernos, podrían poner orden e imponer por ley medidas de redistribución del trabajo, pero los políticos dependen de las voluntades de los votantes que los eligen y decidir en contra de la mayoría de trabadores y empresarios los llevaría irremediablemente a la oposición.

 

Los sindicatos por su parte también podrían cambiar su filosofía de mantener a cualquier precio las condiciones de trabajo de los trabajadores en activo, por otra filosofía que tendiera a garantizar trabajo para todos, basada en la solidaridad y la mejor redistribución de recursos. Pero los sindicatos están pagados mayoritariamente por trabajadores en activo que por nada del mundo estamos dispuestos a aceptar ningún nivel de flexibilidad en las jornadas ni en los sueldos.

 

Las empresas también podrían ofrecer reducciones de jornadas y bajadas de salarios en lugar de despidos, y renunciar a una parte de sus ganancias, en benefició de reinversiones en la misma empresa o fondos de resistencia y reinversión, mientras duren las situaciones de crisis. Pero por lo general deciden rescindir contratos y retirar inversiones, con el dinero a buen recaudo hasta que escampe la crisis y vean el horizonte despejado para volver a invertir.

 

Con esta situación de desconfianza, en la que todos nos miramos de reojo, aferrados a nuestros privilegios y miserias individuales, lo único que hemos conseguido es crear una situación de desconcierto y desencanto, donde todos nos sentimos amenazados por todos y la desesperanza se ha instalado en nuestra sociedad, y de manera intensa entre los jóvenes que ven como años de esfuerzo en formación ahora no sirven para nada, porque el egoísmo de la generación que les precede no les deja ninguna brecha por donde poder entrar a participar de la creación y el reparto de la riqueza que su sociedad genera.

 

Si exceptuamos los propios parados, nadie quiere acabar con el paro, ni los trabajadores, ni los empresarios, ni los políticos. Los parados son una pequeña proporción  que en Europa, en el peor de los casos, como es España, se sitúa alrededor del 20%, una minoría empobrecida y carente de poder que, en principio, poco puede influir en voluntades y decisiones.

 

El 80% de españoles en edad activa estamos ocupados, y no nos preocupan tanto los parados como la posibilidad de quedarnos nosotros sin empleo.

 

Todo el mundo dice que el paro se reducirá cuando la economía vuelva crecer, y dan por hecho que pasado el bache, la economía, con sus fluctuaciones, seguirá creciendo indefinidamente por los siglos de los siglos. Pero aunque todas las expectativas están puestas en el crecimiento económico, parece bastante lógico pensar que en un mundo finito, la creación de riqueza basada en bienes materiales de consumo hasta el infinito, no tiene sentido a largo plazo.

 

Los milagros económicos de los últimos 100 años han estado condicionados principalmente por el acceso a unas energías relativamente baratas y fáciles de administrar, que se han centrado de forma casi exclusiva en el petróleo. El fácil acceso   a la energía ha dado lugar a una carrera de crecimiento de la producción en todos los ámbitos que ha hecho posible, entre otras cosas, que la población mundial se haya duplicado en los últimos 50 años. I estos dos factores: disponibilidad de energía sin límites y crecimiento poblacional desmesurado, han dado lugar al mayor nivel de consumo jamás conocido.

 

Si nos centramos en nuestra historia reciente, es difícil imaginar un futuro sin crecimiento económico, sin consumo desbocado. Pero la finitud de los recursos se acabará imponiendo y los humanos tendremos que esforzarnos en afrontar los nuevos retos. Habrá que imaginar nuevas formas de producción, de reciclaje, de uso racional de bienes de consumo, de comunicación, de desplazamiento, de relación… que nos permitan mantener un nivel de vida que cubra nuestras necesidades físicas y emocionales sin destruir el sustrato que nos da sustento. Tendremos que agudizar el ingenio para vivir bien, aunque la desmesura económica, basada en el crecimiento exponencial de la producción y el consumo, deje de crecer.

 

Y las herramientas que nos pueden servir para afrontar el reto de un futuro sin crecimiento material pueden ser, entre otras, la redistribución de la riqueza mediante el reparto del trabajo y un cambio de mentalidad que nos permita centrar nuestras ilusiones en bienes de consumo menos ligados a la materia y más relacionados con valores éticos y sociales, que nos permitan crecer como individuos sin perder la noción de pertenencia a una colectividad.

 

En la sociedad actual, el trabajo es el motor de casi todas nuestras realidades. Sin trabajo no se puede concebir nuestra existencia. Incluso las personas que no trabajan, por diversos motivos, subsisten gracias al trabajo de los demás. Por ello el trabajo debería ser lo más sagrado en una sociedad tan compleja y evolucionada como la nuestra. Los ciudadanos, los poderes políticos, los sindicatos, los trabajadores y los sectores empresariales, habríamos de realizar un esfuerzo sin límites hasta conseguir que ninguna persona sea condenada a la privación de trabajo, aunque para ello tengamos que recurrir a diversas formas de reparto y redistribución que puedan conllevar disminuciones de horarios y de salarios para los trabajadores, y reducción de márgenes de ganancias para las empresas.

 

Miquel Sentandreu

 

Autor de “ El pequeño inversor”. Ed. Obrapropia. Valencia.

http://www.obrapropia.com/Obras/352/EL-PEQUENYO-INVERSOR

 

Autor del blog Bolsavida:        

http://bolsavida.blogspot.com/

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