Josep Prats Orriols  

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09:47 el 27 enero 2014

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Polo de cocodrilo a plazos

27 de enero de 2014

El viernes las bolsas caían de forma notoria.  Pérdidas del 2% en Estados Unidos, del 3% en Europa y de casi el 4% en España. Según unos, entre los que me cuento, recogida de beneficios tras un largo período, casi ininterrumpido, de subidas. Según otros el aperitivo de lo que está por llegar, una fortísima corrección de los mercados. Vamos, las explicaciones de siempre cuando la bolsa cae en un día el doble o el triple de lo que suele hacerlo en un día de caída normal.

Todas las caídas notables deben llevar aparejada una explicación. Hay que buscar algún suceso que justifique por qué ha sido ese día y no otro. Y en esta ocasión, la explicación venía de Argentina. La brusca caída del peso argentino frente al dólar, devaluándose más de un 10% en una sola sesión, fue interpretada como el anticipo de una crisis cambiaria en los países emergentes, de consecuencias incalculables.

La razón por la que suele incluirse a Argentina entre las economías emergentes siempre me ha intrigado. Las economías emergentes son aquellas que van de menos a más. China es una economía emergente. Hace 20  años iban todos en bici, hace diez en moto, ahora empiezan a utilizar el coche.  Hace 50 años en Argentina había bastantes más coches que en España, y hoy sigue habiendo muchos más profesores universitarios que en Europa.  Si Francia es vista como el paradigma de un país de cultura, con 90.000 docentes en la enseñanza superior para una población de 66 millones de habitantes, ¿qué no será Argentina, con 150.000 profesores universitarios para una población de 41 millones?

Dónde sí pude incluirse perfectamente a Argentina es entre las economías sumergidas. Sus aceptables, y hasta envidiables cifras de paro (7% de la población activa) se consiguen aceptando como empleados a 4,4  millones de trabajadores  que no están inscritos como tales ni cotizan como tales. Simple y llanamente, consideran ocupados a 4,4 millones  que “trabajan en negro”. Empleados registrados, que coticen, hay 12 millones,  algo más de 8 millones en el sector privado y algo menos de 4 millones en el sector público.

Hace seis meses el gobierno argentino anunció a bombo y platillo que en enero de 2014 el salario mínimo aumentaría desde 3.300 hasta 3.600 pesos mensuales. Y sus portavoces sacaban pecho mostrando comparativas con sus vecinos. Al tipo de cambio de julio de 2013 el nuevo salario mínimo argentino equivaldría a 603 dólares, frente a los 411 dólares de salario mínimo en Chile,  405 dólares en Uruguay o 330 en Brasil.

Desde entonces la divisa no ha hecho más que devaluarse, y a 8 pesos por dólar, los 3.600 pesos ya no son 603 dólares, sino 450. El salario mínimo ya no es mucho más alto que el de sus vecinos. Y si el tipo de cambio se va a 9 pesos por dólar, ya será inferior.  Con inflaciones publicadas de más del 10% anual, y estimadas por observadores independientes en más del 20%, la pérdida de valor del peso no debería sorprender a nadie.

A mediados de los noventa, cuando un peso, en teoría, era igual a un dólar, estuve en Argentina. Aunque estaba de vacaciones, no pude evitar pensar en el trabajo, y miré los escaparates de las tiendas. En un céntrico y bien presentado establecimiento de Buenos Aires vi la siguiente oferta: polos de Lacoste al precio de 3 dólares mensuales en 36 cuotas.

Ver ese escaparate me ha dado una idea mucho más clara de la economía argentina que mil tratados y estadísticas.

Acéptenme un consejo. Inviertan en economías, en las que los polos, aunque sean los del cocodrilo bordado, no se paguen a plazos y en moneda extranjera, sino al contado y en divisa nacional.

Josep

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Magnífico artículo, Sr. Prats

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