CARLOS MARTINEZ  

SEGADE (391º) 

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SEGADE
10:17 el 09 diciembre 2015

CUENTOS DE ECONOMÍA

 

 

 

Hola a tod@s:

Hace meses que no escribo nada por estoy ocupado en otros menesteres, pero sigo leyendo libros de economía, inversión y finanzas. He descubierto varios interesantes pero para los principiantes en mundo del dinero aconsejo leer CUENTOS ECONÓMICOS de David Anisi (autor ya fallecido) que los dejó para el público libremente en la dirección: http://campus.usal.es/~ehe/anisi/Art/C.pdf .

Recomiendo su lectura y aprovecho para poner uno de ellos.

EL PESCADOR Y SU MUJER

Volvía nuestro amigo a  su aldea contento  tras haber hecho  un buen negocio. Todos  sus vecinos le habían confiado  su ganado para que  lo  vendiera  en  el  lejano  mercado.

Salió de su  casa hacía  ya bastantes  días, llegó al mercado y  consiguió, quizá por su inteligencia, o quizá  más  bien por la  escasez, un buen precio  por el  ganado. Tentó bajo sus ropas la bolsa que contenía  cien piezas de plata, y  miró precavido  alrededor  mientras no podía contener  su alegría.

A la salida de  la  villa  encontró  montada una  tienda  extraña y,  desde  su punto de vista,  suntuosa. No se trataba de un tenderucho de feria, sino  de algo en verdad sorprendente por su  elegancia. A la  puerta un caballero, con ropas impecables, charlaba con los viandantes y  les invitaba a entrar. Sobre esa  misma puerta, en un arco, se podía leer: "LA CANICA". Nuestro personaje se paró un  momento junto a  la  entrada, cosa que  aprovechó el  caballero  de la puerta para decirle:

- Señor,  me  atrevo respetuosamente  a  invitarlo a participar  en nuestra próxima  reunión de  "LA  CANICA", que tendrá lugar dentro de pocos minutos. Pase, por favor, y vaya conociendo a los otros.

Nunca habían  hablado  a nuestro amigo con  tanta deferencia. Le  encantaba la elegancia  del  lugar  y que aquel  caballero le  hubiera  tratado de "señor". Y como  en principio nada  tenía que perder  y sentía gran curiosidad, traspasó la puerta y entró en la hermosa tienda.

Se encontró con una amplia sala en  la  que se habían dispuesto una serie  de  sillas en  círculo rodeando un pequeño espacio. Las alfombras eran de calidad y la  iluminación espléndida,  había una  temperatura  muy agradable  y se sintió muy a gusto. Había bastante gente,  y  muy  pronto el  caballero de  la  puerta la  cerró,  se  situó en  el  centro de aquellos círculos de sillas y se dirigió a ellos:

- Caballeros - les dijo - ocupen las sillas y escuchen lo que tengo que decirles.

Todos obedecieron y  se quedaron expectantes  y  cómodos,  entre otras cosa porque habían  sido tratados de "caballeros".

- Tengo que explicarles - continuó el  elegante  personaje  - varias  cosas. Denominamos a estas reuniones "LA  CANICA"  porque como  pronto podrán comprobar  todo  empieza  y sigue con  una simple  canica similar  a aquellas  con las que juegan  nuestros niños. Pero nosotros no jugaremos con ella, nosotros  crearemos riqueza usándola.

Los asistentes se  miraron unos a otros halagados por las palabras que oían, curiosos sobre lo  que podría  ser, y temerosos de que todo aquello, como tantas cosas, no fuera más que un sacacuartos.

Como si hubiese leído los pensamientos de los asistentes, el maestro de ceremonias continuó:

- Por supuesto  que habrá dinero  en juego, como  en todo  proceso útil  a  la sociedad  en la que vivimos. Pero yo  sólo  obtendré el  diez por ciento  de  lo  que  ustedes ganen.  Y eso significa  que sólo  si  ganan  me  veré  beneficiado  y que cuanto  más ganen ustedes  más ganaré  yo.  ¿Están de  acuerdo con estas primeras reglas?

Una actividad  en la que por participar habría  que  pagar  un pequeño porcentaje de  lo  que pudieras ganar, sólo  en el  caso  de que lo  hicieras, era, en principio,  atractiva. Y todos, junto con nuestro amigo, asintieron con la cabeza.

- Pues bien -  continuó desde el  centro de  la sala el director del espectáculo 

-He aquí  una canica de  vidrio - y sacándola de un  bolsillo  la  mostró  a  todos -, una canica de  vidrio  bonita  aunque vulgar. 

Pero esta  pequeña bola  de cristal os hará inmensamente ricos.  Se trata sólo de que los que estáis aquí  os comprometáis  a comprarla siempre que esté en venta. Nada más.

El  público,  y  entre  ellos nuestro amigo, no  terminaba de  entender cómo  podían  enriquecerse con  aquella especie de juego que les proponían. Pero siguieron escuchando con atención.

- Vamos entonces a  comenzar, y para que veáis que yo  sólo  ganaré el  porcentaje  que os he dicho, vendo esta bolita a un precio simbólico de un centavo. ¿Quién la quiere?

Se  alzaron muchas manos y  alguien  se  hizo  con  ella. La vendió enseguida por el  doble  y  el  nuevo propietario no tardó en colocarla por diez centavos.

Comenzaron  a entender  de lo que  se trataba:  todos  estaban dispuestos  a  comprarla puesto  que  todos estaban dispuestos a  comprarla de nuevo. Pronto alcanzó el  precio de una  pieza de  plata,  y  luego de  dos, de  tres, de  cinco, de quince...

Cuando llegó a costar veinte  piezas  de plata nuestro  amigo decidió participar en el  juego  y  la  compró por esa  cantidad. Al  momento siguiente  la  vendió  por  cuarenta.

En un  instante  había ganado veinte  piezas de plata. Todos los que  participaban estaban ganando. Muchos de ellos salieron corriendo hacia sus  casas, desenterraron sus tesoros y  volvieron con ellos  para seguir  comprando y  vendiendo con ganancia.

La canica se vendía por ochenta piezas de plata  cuando nuestro  amigo  la  compró de nuevo.  Y la vendió  casi  inmediatamente  por el doble  de  lo  que había pagado hacía un sólo momento.

El  juego  era  maravilloso - pensó nuestro personaje - había  entrado en  la  tienda con una bolsa que contenía cien piezas de  plata  y ahora  tenía doscientas. Así que cuando la canica llegó a valer doscientas la volvió a comprar. La ofreció a  la venta por cuatrocientas, pero  como  nadie poseía esa cantidad de dinero no hubo compradores. 

Nuestro amigo  fue reduciendo su precio pero  nadie se animaba. Y así  trató  de venderla por lo  mismo que él había pagado, es decir,  doscientas, pero tampoco a ese precio  consiguió desprenderse de  ella. Trató de recuperar,  al  menos,  el dinero  con el que había entrado  y  la ofreció  por cien. Pero  estaba  claro que nadie quería arriesgarse. Desesperado llegó a ofrecerla por una sola pieza de plata.

- Desengáñate - dijo alguno de los presentes - todos sabemos que esa canica no vale una pieza de plata. Y nadie la compró. Fueron saliendo  poco a poco  de la  tienda.

Entre  todos  habían ganado  cien  piezas de plata, con  lo  que el organizador obtuvo diez. Y nuestro buen hombre se encontró sin bolsa y con una canica de vidrio. Salió de  la tienda y  se encaminó  triste hacia su aldea pensando qué  explicación podría  dar  a sus convecinos. Miró hacia atrás y vio el gran letrero donde se leía: "LA CANICA". - Mejor sería -  dijo para  sus  adentros -  que se  llamase "LA BOLSA", puesto  que sin ella  me  quedé.

Un saludo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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4 comentarios
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Sr. Martínez, bienvenido de nuevo.

Continuará siendo un placer velverle a leer.

Un cordial saludo.

@tarraga77, gracias por su comentario y un placer volver a aportar algo.

Un saludo

 

 

 

 

 

 

 

Bienvenido de nuevo.

Muy bueno el cuento, gracias por compartirlo.

Un saludo.

@Rumaro, muchas gracias.

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