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16:35 el 08 julio 2015

La UME, un sistema autodestructivo

El diseño institucional de la Unión Monetaria Europea (UME) ha sido un desastre en términos económicos. El euro es un proyecto político. Los intereses políticos han sostenido a la moneda europea a lo largo de su doloroso camino y no han dejado de enfrentarse a consecuencia de ello. Los argumentos económicos propalados para ocultar el auténtico propósito del euro no han logrado convencer a los ciudadanos de sus ventajas.

La moneda única ha servido de herramienta para que avance la centralización europea y quede más cerca el objetivo del gobierno francés de establecer un Imperio Europeo bajo su control capaz de contrarrestar la influencia del estado alemán. La política monetaria ha sido el instrumento de la unión política. Los partidarios de la Europa socialista encontraron en el euro su baza contra la defensa de la visión liberal de Europa, cuyo poder e influencia no había dejado de crecer desde la caída del muro de Berlín. La moneda común fue entendida como un paso hacia la integración y la centralización políticas. La lógica de las intervenciones impulsó el Eurosistema hacia una unión política bajo un estado central situado en Bruselas. Con la desaparición de los estados nacionales, el mercado europeo se convertirá en una nueva Unión Soviética.

¿Podrá este estado central salvar a las élites políticas europeas? La fusión monetaria con los gobiernos financieramente más fuertes les permitió mantener su poder  la confianza de los mercados. Estos gobiernos, contrarios a los cambios bruscos y a las recesiones, ayudaron a regañadientes. La alternativa era desalentadora.

A los países mediterráneos, y al gobierno francés en particular, les interesaba el euro por otra razón. Históricamente, la política monetaria del Bundesbank había sido más estricta que la del resto de bancos centrales; se había convertido en un incómodo baremo y había dictado indirectamente la política monetaria de toda Europa. El banco central que no siguiese la política restrictiva del Bundesbank no tenía más remedio que terminar devaluando su moneda para resolver el problema. Algunos políticos franceses consideraban que la influencia del Bundesbank representaba un poder injustificado e inaceptable en manos de una Alemania derrotada militarmente.

Los políticos franceses querían crear un banco central común que pusiese coto a la influencia de Alemania y les ayudase a alcanzar sus objetivos políticos. La compra de bonos griegos por parte de la banca francesa y por un BCE dirigido por Trichet es el resultado, y la señal, de que la estrategia ha conducido a la victoria.

El gobierno alemán transigió por varias razones. Para muchos la moneda única era el precio de la reunificación. La clase dirigente alemana se benefició de la estabilización del sistema financiero y soberano. La armonización tecnológica y social propiciada por la integración europea favoreció a las empresas alemanas, más avanzadas, y a sus trabajadores, muy protegidos por su sociedad. Los exportadores alemanes se beneficiaron de una moneda que era más débil que el marco alemán.

Pero los consumidores alemanes perdieron. Antes de la introducción del euro, los aumentos de productividad y el hecho de tener un marco menos inflacionario habían provocado que la moneda alemana se apreciase con respecto a las demás desde el final de la segunda guerra mundial. Las importaciones y las vacaciones se volvieron más baratas, lo cual elevó el nivel de vida de la mayoría de los alemanes.

En ocasiones se ha dicho que es imposible que una moneda única funcione en países que tienen instituciones y culturas diferentes. Es cierto que las estructuras fiscales e industriales de los países de la UME difieren mucho. Históricamente, sus tasas de inflación han sido distintas. Su productividad, su competitividad, su nivel de vida y el dinamismo de sus mercados no son iguales. Pero estos hechos no tienen por qué dificultar el funcionamiento de una moneda común. De hecho, en países como Alemania conviven estructuras muy distintas. La Baviera rural es muy distinta a la zona costera de Bremen. Incluso dentro de una misma ciudad o de un mismo hogar, las personas usan la misma moneda de modos muy diferentes.

Dentro del patrón oro, por ejemplo, por todo el mundo se funcionaba con una sola moneda que permitía el comercio internacional de bienes entre los países ricos y los pobres. El patrón oro no terminó porque los países participantes tuvieran estructuras distintas. Lo destruyeron los gobiernos que quisieron desprenderse de las cadenas doradas que los sujetaban para gastar a su antojo.

El euro no es un fracaso porque los países que participan en él tengan estructuras diferentes, sino porque propicia la redistribución a favor de los países cuyos sistemas bancarios expanden la oferta monetaria más deprisa que los demás. Los gobiernos pueden crear dinero directamente gastando con cargo a déficit y emitiendo deuda pública. Esta deuda la compran los bancos y después la acepta el Banco Central Europeo (BCE) como garantía de los nuevos préstamos. Los gobiernos transforman la deuda pública en dinero nuevo. Los países que tienen mayores déficits pueden mantener sus déficits comerciales y seguir comprando bienes y servicios a los estados exportadores que tienen presupuestos más equilibrados.

El proceso se parece a la tragedia de los bienes comunales. Una país se beneficia del proceso de redistribución si expande la masa monetaria más rápido que los demás, es decir, si incurre en déficits mayores que los del resto. Los incentivos provocan una carrera por ver quién llega antes a la máquina de imprimir dinero. El Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) ha demostrado ser totalmente incapaz de evitarlo. El Eurosistema tiene a su destrucción.

Los déficits públicos provocan una continua pérdida de competitividad en los países deficitarios. Naciones como Grecia son capaces de permitirse un Estado del Bienestar, un funcionariado y un nivel de vida muy superiores a los que les habrían correspondido sin déficits tan altos. Los países deficitarios pueden importar más bienes de los que exportan y pagar la diferencia con deuda pública de nueva emisión.

Antes de la introducción del euro, estos países devaluaban sus monedas de vez en cuando para recuperar competitividad. Ahora ya no les hace falta, puesto que sus problemas se resuelven con gasto público. El consumo excesivo inducido por los bajos tipos de interés y los aumentos nominales de los salarios obtenidos por los sindicatos aumentan su desventaja competitiva.

El sistema entró en apuros cuando la crisis financiera aceleró el gasto público. La crisis de deuda soberana que sobrevino en Europa ha provocado una centralización del poder. La Comisión Europea ha asumido mayor control sobre el gasto de los gobiernos y al BCE se le ha facultado para comprar deuda pública.

Hemos llegado a lo que podría llamarse la tercera unión de transferencias. La primera es la redistribución directa por medio de pagos dinerarios realizados desde Bruselas. En la segunda, la redistribución ocurre a través de las operaciones de préstamo del BCE. La tercera permite la compra directa de deuda pública y garantiza el rescate de los gobiernos endeudados en exceso.

¿Qué depara el futuro a un sistema cuyos incentivos abocan a la autodestrucción?

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