¿Hay un piloto en el avión del BCE? O más bien, suponiendo que el Sr. Trichet cuente con clarividencia y valor ¿podría, sin ir más allá del límite de las prerrogativas de su mandato, ayudar al conjunto de los países de la zona euro a afrontar el agravamiento de la crisis que nos acecha?

Se ha declarado la guerra de divisas. Como todo gran conflicto, ya se cocía desde hace más de un año. La reticencia de China a revaluar el yuan a pesar de la acumulación de excedentes comerciales récord, la instauración de impuestos sobre la entrada de capital extranjero en Brasil y las restricciones a la financiación exterior de los prestatarios coreanos, eran signos premonitorios. El anuncio estas últimas semanas, tanto por parte de los gobernadores del Banco de Japón como de la FED en Estados Unidos de su firme determinación de poner dinero en circulación, púdicamente llamada "quantitative easing", da al conflicto otra dimensión totalmente diferente. La tentación de recuperar la competitividad haciendo que su divisa baje es cada vez más irresistible ante la dificultad de estimular de forma duradera su demanda interior.

Europa, parte perdedora en esta carrera por la devaluación, y el mercado de divisas así lo ha ratificado. Dividida entre los temores inflacionistas de nuestros amigos alemanes que no ven con malos ojos la apreciación del euro para acabar con las tensiones inflacionistas incipientes y las angustias de nuestros amigos de Europa del Sur presos de las tensiones deflacionistas suscitadas por la puesta en marcha de programas de reducción del déficit público, llevar una política monetaria consensuada no es tarea fácil.

No obstante, esta guerra de divisas ofrece al BCE una oportunidad para prologar su mandato. Las fuertes presiones alcistas sobre el euro deben tranquilizar a Alemania en cuanto al peligro inflacionista al tiempo que justifican un ambicioso programa de compra de la deuda de países de la Comunidad Europea en dificultad que han puesto en marcha planes de recuperación creíbles. El BCE se cree con la obligación, a su vez, de imprimir dinero en lugar de continuar restringiendo la masa monetaria en circulación, lo que produce un aumento de los tipos cortos... A falta de eso, el debilitamiento de la competitividad tras la apreciación de nuestra moneda hará que los sacrificios, a menudo costosos, aceptados por los países ya de por sí en una situación delicada (Grecia, Irlanda, Portugal) sean ineficaces y hará tambalearse hasta la recesión a países frágiles (España, Italia, Francia).

Con la esperanza de que mis palabras sean oídas, les saludo atentamente.

Edouard Carmignac