En la introducción al concepto de Behavioral Finance que hemos llevado a cabo en los  artículos precedentes, hemos visto cómo los modelos económicos basados en la figura del  homo oeconomicus y la Teoría Moderna de Gestión de Carteras de Harry Markowitz, establecen en ambos casos unos marcos teóricos bajo los cuales se supone que los inversores deberían de tomar sus decisiones de inversión. Sin embargo, hemos visto que en la práctica nos desviamos de las pautas de estos modelos de manera significativa, lo cual suele tener un impacto directo sobre los rendimientos de las carteras. Esta sorprendente consistencia del comportamiento irracional hace posible que debamos estudiar los sesgos existentes, así como sus efectos sobre los retornos de nuestras inversiones.

La tarea del Behavioral Finance será intentar analizar y entender estas debilidades conductuales, para tratar de ayudarnos a evitarlas al máximo posible. Por ello, nuestro objetivo a partir de ahora será tratar de dar respuesta a las siguientes 3 cuestiones:

  1. ¿Qué es un sesgo, cómo se origina y de qué manera funciona?
  2. ¿Qué efectos tiene sobre los resultados de nuestras inversiones?
  3. ¿De qué forma se podría tratar de minimizar sus efectos sobre nuestras decisiones?

Vamos a empezar con un ejemplo práctico, que suele ser bastante clásico. Basta con analizar qué respuesta daríamos cada uno al siguiente supuesto, en el que nos enfrentamos a una disyuntiva en la que tenemos las siguientes opciones:

  1. Perder 10 € con una probabilidad del 100%
  2. Tener un 25% de opciones de perder 40 €, y un 75% de no perder nada.

En la práctica, ambas opciones son iguales, puesto que en términos de probabilidad y esperanza matemática el resultado es el mismo, aunque lo cierto es que nuestros sesgos podrían llevar a decantarnos por la opción B, sin habernos parado a realizar este análisis de manera previa. Aquí tenemos tendencia a sobreponderar el escenario que nos interesa, teniendo en cuenta en este caso la probabilidad de no perder nada en la segunda opción.

El primero de los sesgos que vamos a analizar es lo que se conoce como Percepción Selectiva, que queda bien reflejado en este ejercicio que acabamos de realizar.

Incluso si creyéramos que percibimos las cosas de manera totalmente imparcial, la realidad nos demuestra que percibimos de manera selectiva lo que queremos ver. Además, damos más valor y creemos más en aquella información que nos es suministrada por alguien que nos gusta o en quien confiamos. Es indiscutible que actuar en contra de nuestras creencias nos hace sentir incómodos. Del mismo modo, no experimentamos ningún tipo de disonancia cuando culpamos a otros de nuestros propios errores. Y si no hay nadie a quien echarle la culpa, entonces adaptamos de manera inconsciente nuestras actitudes para justificar nuestras decisiones erróneas ante nosotros mismos.

Nuestro punto de vista sobre un activo financiero, por ejemplo, determina de antemano de qué forma percibimos la nueva información que va apareciendo sobre el mismo. Tendemos siempre a hacer más énfasis en aquella información nueva que refuerza nuestro punto de vista pre-existente, y de la misma forma, todas aquellas informaciones que no la refuerzan, tienden a ser infravaloradas, despreciadas o incluso ignoradas.

Paralelamente, tenemos tendencia a aferrarnos a una visión negativa de un activo concreto por el mero hecho de que perdimos dinero con él en el pasado, independientemente de que en el momento presente pueda representar una opción de inversión atractiva e interesante.