El 13 de agosto de 1979 se publicó la famosa edición de la revista Businessweek, cuya portada alertaba sobre la “muerte de las acciones” (“The death of equities”, Businessweek). El mercado americano de renta variable, medido por el índice S&P 500, se había revalorizado un 74% en los 10 años anteriores a dicha publicación (1969-1979), dejando un “escaso” 5.7% anualizado durante ese periodo. Hoy sabemos lo equivocada que fue aquella portada. En los 10 años siguientes, el S&P 500 se revalorizó un 400% (17.4% anualizado), en los 20 años siguientes se revalorizó un 2.326% (17.3% anualizado) y en los 40 años siguientes, desde aquel día hasta la actualidad, el S&P 500 se ha revalorizado un 7.890% (11.6% anualizado).

Enterradas las dudas sobre las acciones, el pasado 22 de abril de 2019 Businessweek volvió a generar controversia al cuestionarse, esta vez, si es la inflación la que está muerta (“Is inflation dead?”, Businessweek). En parte, la creencia de que vamos a un mundo cada vez más deflacionista es lo que está empujando el mercado de renta fija, generando una burbuja sin precedentes. Tanto es así que estamos viendo emisiones de renta fija completamente absurdas, como es el caso del bono alemán a 30 años que paga un cupón del 0% (exactamente lo mismo que dejar el dinero debajo del colchón) o, más alarmante aún, el bono austriaco a 100 años, que hoy nos deja una escasa rentabilidad del 0.74% si lo mantenemos hasta el vencimiento, por no hablar de la cantidad de activos de renta fija gubernamental que hay en terreno negativo (rentabilidad negativa) a 10 años (Alemania, Francia, Suecia, Holanda y Suiza, entre otros).

La cantidad de dinero que está fluyendo hacia activos que no generan ningún retorno o, incluso, que generan un retorno negativo, hace que nos preguntemos si lo que realmente ha muerto es la propia inversión. Desde luego, pagar por “algo” que no te va a devolver rentabilidad o, incluso, te va a suponer una pérdida económica, se aleja del objetivo principal de cualquier inversión financiera, que no es otro que proteger el principal y obtener un rendimiento atractivo de manera consistente a largo plazo. Así que no nos engañemos, el único fin de comprar un activo que nos deja una rentabilidad escasa o negativa es pura especulación: compras hoy algo esperando que mañana venga alguien y pague por ese activo más de lo que tú has pagado. El problema es que, como ocurre en cualquier burbuja, nunca sabes donde está el final, pero todas las burbujas acaban pinchando.

A finales de 1999, era la revista Barron’s la que capitulaba y le preguntaba a Warren Buffett qué problema tenía con los valores tecnológicos (“What’s Wrong Warren?”, Barron’s). Recordemos que, durante finales de la década de los 90, los valores tecnológicos se hicieron especialmente famosos y provocaron una de las mayores burbujas de todos los tiempos: la burbuja puntocom. En aquellos tiempos, el sentido común desapareció y la especulación fue la única protagonista. Warren Buffett, fiel a su estrategia de inversión, no participó en aquella burbuja y fue muy cuestionado. Su holding de inversiones, Berkshire Hathaway, obtuvo un escaso 0,5% en 1999, mientras que el S&P 500 ganó un 21% aquel año, animado por los valores tecnológicos. Sin embargo, cuando la cordura volvió al mercado, y créanme, siempre vuelve, se vio quien nadaba desnudo: en los tres años siguientes el S&P 500 obtuvo una pérdida acumulada del -43.1% mientras que Buffett obtuvo una rentabilidad acumulada del +10.3%. 

Aún es pronto para saber si el último augurio de Businessweek es acertado o no. Es cierto que la digitalización de la economía, el desarrollo tecnológico y la globalización apuntan a un mundo “menos inflacionista” que en el pasado. Pero dejar de lado el sentido común puede ser un error catastrófico. Y los primeros que carecen de sentido común son los Bancos Centrales, que con sus políticas monetarias expansivas han distorsionado los mercados financieros, motivando esa especulación y generalizando la creencia de que la burbuja no va a pinchar. Ya se nos ha olvidado el “too big to fail” (“demasiado grande para caer”) que se extendió durante la burbuja subprime en EEUU y que se acabó llevando por delante a Lehman Brothers, desatando la mayor crisis financiera desde el crac del 29. Hoy, son las emisiones de deuda a tipo cero o negativo las que parecen no tener límites. Volvemos a depender de una economía cada vez más endeudada y con un aliciente para seguir endeudándose (tipos de interés cada vez más bajos), y esa historia, como ya sabemos, nunca acaba bien.

Como decía Benjamin Graham, “una operación de inversión es aquella que, tras un análisis exhaustivo, promete seguridad para el principal y un adecuado rendimiento. Las operaciones que no satisfacen estos requisitos son especulativas”. Esa diferencia crucial se nos ha vuelto a olvidar…