Martin Gilbert

¿Estamos a punto de sufrir una recesión mundial? Esa fue una de las muchas cuestiones que se debatieron en la Cumbre de Singapur -una reunión en la que se encontraron tanto políticos como líderes empresariales de todo el mundo- a la que asistí el mes pasado.

Allí se vertieron una serie de opiniones sobre el tema, algo que también se reflejó en una encuesta reciente realizada por Absolute Strategy Research. El estudio encuestó a más de 200 instituciones financieras, que gestionan un total de 4,1 billones de dólares en activos, y la conclusión es que la posibilidad de una recesión en los próximos 12 meses es del 52%.

Una conclusión que no sorprende debido a la disputa comercial entre Estados Unidos y China, el brexit y las tensiones en Oriente Medio, que son algunos de los muchos factores que pesan en las mentes de los inversores.

En nuestro caso prevemos que el crecimiento mundial será del 2,8% este año, el ritmo más débil desde la crisis financiera.

Pero la probabilidad de que se produzca una recesión en 2020 no es segura. Las recientes medidas adoptadas por la Reserva Federal y el Banco Central Europeo (BCE) ilustran la determinación de apoyar a las economías en declive de sus miembros. Sin embargo, las herramientas a su disposición son limitadas después de una década de relajación de las políticas monetarias.

La Reserva Federal redujo los tipos de interés básicos en 25 puntos básicos, hasta situarse en el rango de 1,75 y 2%. El BCE redujo el tipo de interés de la facilidad de depósito de -0,4% a -0,5% y dijo que reanudaría el programa de expansión cuantitativa (QE), con compras de bonos por un valor de 20.000 millones de euros al mes.

La opinión sobre los comités de ambos bancos centrales estaba dividida, y algunos miembros sostenían que los pasos que se estaban tomando no eran suficientes mientras que otros estimaban que eran excesivos.

El Comité de Política Monetaria del Banco de Inglaterra, por su parte, decidió guardar la munición hasta que se aclare algo sobre Brexit.

La cuestión más importante, que ahora está generando un debate público más intenso, es el de el nivel de eficacia de la flexibilización de la política monetaria en esta coyuntura. Después de más de una década de "respuesta a la crisis" por parte de los bancos centrales mundiales, a pesar de que muchos de esos años parecen estar lejos de las condiciones de crisis, parece razonable y racional preguntarse si es probable que la flexibilización de la política monetaria contribuya a mejorar la situación, teniendo en cuenta el punto de partida de los tipos de interés bajos y la elevada carga de la deuda. 

Aunque parece probable que en unos tipos más bajos puedan estimular algunas economías durante un tiempo, hay cuestiones pendientes que giran en torno a la distribución de ese beneficio y, por lo tanto, a la conveniencia social y económica a largo plazo de tales medidas. Algunos análisis sugieren ahora que los tipos ultra bajos pueden incluso ser perjudiciales para las economías.

Junto con el tono dovish de los bancos centrales en las últimas semanas, el hecho de que la política monetaria siga soportando gran parte de la carga cuando hace tiempo que es necesario que los gobiernos intervengan con medidas de estímulo fiscal, ya se trate de recortes fiscales o de aumentos del gasto, es algo molesto. Las palabras de Mario Draghi, que pronto dejará el cargo de presidente del BCE, quien dijo: "ya es hora de que la política fiscal asuma el control", ejemplifican esa pesadumbre.

Comprendo perfectamente este punto de vista. Dado el entorno actual de los tipos de interés, existe la oportunidad de pedir dinero prestado para financiar proyectos de infraestructura que, a su vez, impulsarán el crecimiento a largo plazo.

Personalmente, no creo que estemos a punto entrar en una recesión mundial en los próximos 12 meses, dada la determinación de los políticos por evitarla, pero cualquier estímulo de la política monetaria o fiscal en este momento es simplemente posponer lo inevitable.
 
Desde una perspectiva de inversión, la historia sugiere que, dados los precios actuales, las expectativas de rentabilidad a largo plazo en casi todas las clases de activos serán bajas o negativas. Pero como siempre cuando los beneficios del mercado son negativos y el sentimiento es débil, se convierte en una oportunidad atractiva para aquellos que han hecho sus deberes para recoger gangas por debajo del precio en situaciones como la actual.

Martin Gilbert, presidente de Aberdeen Standard Investments

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