Donde viven los activos rentables

Juan Llona

 

El epicentro del debate sobre ahorro e inversiones gira, desde hace ya algún tiempo, en torno a la baja rentabilidad de prácticamente todos los activos financieros. La represión financiera global sin precedentes en la que vivimos inmersos, impulsada por las políticas monetarias ultra-laxas de los bancos centrales, no ha dejado títere con cabeza. De hecho, se está empezando a crear una especie de consenso en torno a los activos reales; “si los activos financieros no ofrecen rentabilidades atractivas, busquemos en la economía tangible”.

Empezamos a comprender que, quizá, lo más sensato sea invertir en actividades productivas rentables y sostenibles, cuyas operaciones y beneficios dependan del consumo y la inversión de otros agentes económicos que a su vez trabajen con este mismo propósito. En definitiva, invertir en el ciclo virtuoso de la productividad, el ahorro, la inversión, la creación de empleo y el progreso. Por suerte, tenemos mercados desarrollados que nos permiten invertir en este tipo de activos a través de las compañías que los operan. Se mantienen en pie algunas magníficas compañías que crecen, con beneficios recurrentes, que generan caja, y que son capaces de reinvertir el capital orgánico creado a tasas muy satisfactorias incluso tras pagar dividendos. Conviene recordar que eso es precisamente lo que buscamos cuando compramos acciones.

Pero, ¿están caras? Este tipo de compañías no están baratas, nadie lo duda. Pero mirémoslo así: tras la debacle financiera, las inversiones de cierta calidad nos exigen un compromiso mayor en forma de tiempo y capital. Ya lo saben, la paciencia es árbol de raíz amarga, pero de frutos dulces. Tras los excesos de la burbuja y los malos tragos pasados a consecuencia de su pinchazo, ¿no exigiría usted a un socio en la empresa de la que fuese dueño un mayor compromiso en forma de garantías de capital y, sobre todo, de tiempo y esfuerzo dedicado? Es congruente, por tanto, que los mercados de capitales nos exijan eso mismo.

Sí, pero… ¿no ha cambiado el “paradigma”? Aunque en apariencia inofensiva, la pregunta resume todos los miedos a los que los inversores nos enfrentamos a diario en cinco palabras. De hecho, para ser sinceros, podríamos reformularla así: ¿No se va a ir todo al garete? No. Y sin duda, no para el inversor racional y disciplinado que no se deje llevar por las emociones. 

Por el camino, en la vorágine del cortoplacismo del que no nos hemos desprendido, encontraremos oportunidades de inversión en compañías injustificadamente castigadas que ayudarán a componer rentabilidades aún más atractivas. Por supuesto, ésta también es una punta de lanza fundamental en la estrategia de gestión de cualquier cartera que aspire a componer a tasas superiores a las del mercado.

No me cabe la menor duda de que realizando una disciplinada selección de compañías, aprovechando las oportunidades que nos brinda la volatilidad y en ocasiones la irracionalidad del mercado, y con una buena dosis de paciencia, la tasa de rentabilidad anual que promedie su cartera será más que satisfactoria.