Un artículo de Rafael López de Novales.

La guerra comercial entre Estados Unidos y China, por lo menos en su vertiente mediática, se está convirtiendo en el “juego de la gallina”. Dos conductores van en sentido contrario y en la misma dirección. Si ninguno se aparta colisionarán. Pierde el primero que se retire.

 Al ser un tema de hegemonía global, el ascenso de China es difícil de frenar. Los chinos tienen planes a largo plazo, mientras que los gobiernos occidentales maniobran a corto.  Aunque lleguen a un probable acuerdo, no parece que sea una solución duradera; el poderío económico de China es indudable y aspira a su parte proporcional.

Además, las RRSS son una realidad y aunque parezca poco serio, ya sabemos que el presidente de los Estados Unidos comenta sus impresiones a través de Twitter.

Distinto es que los inversores tomen decisiones en función de declaraciones, a veces histriónicas, que van dirigidas a su electorado. Parece que están gestionando más el sentimiento de mercado que los fundamentales de la inversión.

No sé si es por el mal de altura, los tipos bajos o la ingente liquidez inyectada por los gobiernos, pero los mercados se han instalado en el cortoplacismo.

Y gestionar el corto plazo supone tomar decisiones en base a multitud de señales, que muchas veces no son más que ruido. Hemos pasado de riesgo de sobrecalentamiento en el primer trimestre del 2018 a hablar de recesión a finales de año, y de ahí a recuperación y euforia en el primer trimestre del 2019.

El mercado se vuelve inestable cuando los inversores coinciden en la misma frecuencia, provocando violentos movimientos hacia arriba o hacia abajo. Por eso, está prohibido desfilar cuando las tropas pasan por encima de un puente, entra en resonancia y se cae.

Cuando estás subido al carrusel es difícil salirse de la tiranía del mercado, y convendría levantar un poco la cabeza e intentar mirar más allá.

El escenario macro es de crecimiento moderado, tendente a mejorar a final de año con unos bancos centrales muy acomodaticios y con mejoría en los beneficios empresariales. Es una situación en la que los activos de riesgo lo deberían hacer relativamente bien.

Evidentemente, esto es la teoría. En la práctica, los inversores toman decisiones en las que pesan otro tipo de factores que los meramente fundamentales. Sentimientos, declaraciones, haber estado fuera en un mercado alcista, ruido de la guerra comercial, del Brexit o de las elecciones europeas.

Es normal que, con la situación de alto endeudamiento de los países desarrollados y un modelo económico en China bastante agotado, los inversores tengan dudas en el largo plazo.

Por el camino cambiamos del optimismo al pesimismo, como si fuéramos el péndulo de un reloj. En cuestión de trimestres, pasamos de rentabilidades muy favorables a otras que no lo son tanto. Resulta complicado poder mirar más allá del próximo cierre trimestral.

En Imantia somos positivos a medio plazo. Cuando vemos excesos en los mercados protegemos las carteras. ¿Cómo? Reduciendo el grado de inversión en renta variable con coberturas de opciones, o mejorando la calidad crediticia de nuestras carteras.

De la misma manera, salvo debacle en la negociación comercial entre China y EE. UU., si se profundizan las caídas, aprovecharemos para tomar nuevas posiciones.