El último trimestre de 2018 no fue favorable para los mercados de renta variable. A lo largo de este, los mercados tuvieron que lidiar con el aumento en los tipos de interés por parte del banco central estadounidense, una marcada ralentización en la confianza empresarial en la zona euro, un crecimiento más débil en China y la intensificación de una serie de preocupaciones geopolíticas (entre ellas el brexit, la política italiana y el conflicto comercial entre EE. UU. y China), combinación que terminó por convertirse en un indigesto cóctel para los inversores. La nota positiva vino de la mano de los bonos gubernamentales, que al menos cumplieron su papel de componentes defensivos de cualquier cartera bien equilibrada. 

Los mercados han comenzado a preocuparse por el hecho de que EE. UU. se encuentra en una fase tardía de su ciclo económico. Si bien las rebajas fiscales contribuyeron a impulsar el crecimiento y los beneficios corporativos en 2018, los inversores son conscientes de que el estímulo fiscal irá desvaneciéndose una vez superada la primera mitad de 2019. A este respecto, las elecciones de mitad de mandato de comienzos de noviembre fueron una cita importante, ya que el Partido Republicano podría haber respaldado rebajas fiscales adicionales hasta las siguientes elecciones presidenciales de haber mantenido el control sobre la Cámara de Representantes. Sin embargo, con la victoria de los Demócratas en dicho órgano, la probabilidad de que lleguen medidas adicionales de estímulo fiscal de envergadura antes de las próximas elecciones se reduce de forma significativa.

Los mercados de crédito experimentaron dificultades a lo largo del trimestre. Los ratios de endeudamiento/PIB se han incrementado hasta su nivel máximo en más de 70 años, y la calidad de crédito del índice de la clase de activos investment grade estadounidense se ha deteriorado. Puesto que el volumen de liquidez es muy inferior al anterior a la crisis financiera, una eventual oleada de rebajas en las calificaciones podría someter a los mercados de crédito a tensiones adicionales. Asimismo, han aflorado preocupaciones en relación con la calidad de las cláusulas del mercado de los préstamos apalancados y la deuda subprime en el mercado de los préstamos para la compra de automóviles, un panorama que invita a los inversores en renta fija a adoptar un enfoque selectivo.

Es probable que, en general, los riesgos sean a día de hoy mayores que en cualquier otro momento desde la crisis de la zona euro. En cambio, estos actúan tanto en el lado de las ganancias como en el de las pérdidas. Así, entre los factores que podrían contribuir a la economía mundial en 2019 se incluyen el estímulo en China, la capacidad de evitar un brexit sin acuerdo, un acuerdo comercial entre EE. UU. y China y la reducción en los precios del petróleo, que impulsaría el crecimiento y ralentizaría el ritmo de aumento de los tipos de interés.

En el plano negativo, Europa podría experimentar una recesión que, potencialmente, reavivase las preocupaciones sobre la sostenibilidad de su deuda soberana. Asimismo, es probable que el crecimiento estadounidense se desacelere, por lo que no debe descartarse una recesión a finales de 2019 o comienzos de 2020. Las tensiones comerciales podrían también aumentar, y existe la posibilidad de que los políticos británicos no alcancen una solución a corto plazo sobre el brexit. Además, la bajada de los precios del petróleo, el aumento en los tipos de interés estadounidenses y la ralentización del crecimiento podrían generar problemas en algunos mercados emergentes. El alto grado de apalancamiento existente en los mercados de crédito plantea otro riesgo, especialmente en una coyuntura en la que los bancos centrales reducen la liquidez a escala mundial y el bajo nivel de los inventarios merma la liquidez de negociación. El sector inmobiliario en varias economías de menor tamaño se antoja también vulnerable de cara a 2019.

Aunque ningún momento está exento de riesgos, actualmente estos parecen ser mayores de lo habitual y, si bien es cierto que actúan en ambas direcciones, al encontrarnos en la fase tardía del ciclo económico, es probable que su sesgo se incline más hacia las pérdidas. En el mes de septiembre, empezamos a pensar que una cartera equilibrada era más adecuada de lo que habría sido durante la mayor parte de los últimos nueve años. Ahora que nos adentramos en 2019, una cartera equilibrada que evite las grandes apuestas de asignación de activos con respecto a índices de referencia, sea cual sea su dirección, parece seguir siendo una opción prudente. 

Dentro de la renta fija, creemos que las posiciones sobreponderadas en títulos de pequeña capitalización, crecimiento (growth) y baja calidad comportan riesgos. En lo que respecta a la renta fija, los bonos gubernamentales estadounidenses a más largo plazo podrían servir para equilibrar las exposiciones a renta variable, pero las sobreponderaciones en crédito se antojan peligrosas y, por tanto, los inversores en esta clase deberían adoptar un enfoque selectivo. Habida cuenta de los riesgos que entrañan algunos segmentos del mercado de renta fija, una posible opción para los inversores consiste en considerar estrategias de rentabilidad absoluta alternativas focalizadas que les brinden la posibilidad de cubrir sus posiciones en renta variable sin depender exclusivamente de la renta fija para reducir los riesgos.

Durante los últimos nueve años, la renta variable –así como otros activos de riesgo– ha reportado sólidas rentabilidades a los inversores, y nuestra prioridad a corto plazo es asegurar esas rentabilidades mediante la construcción de carteras más equilibradas. Aunque somos conscientes de que la volatilidad resulta incómoda, sabemos también que siempre termina por generar oportunidades, de ahí que sea tan importante contar con recursos disponibles para cuando llegue ese momento.

 

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