Ante el debate surgido en torno a las retrocesiones recuperamos el artículo de Mónica Delclaux publicado en Dossier Empresarial en mayo de 2011, donde no sólo denuncia el abuso de comisiones y los conflictos de intereses sino que profundiza en la raíz del problema de una manera ácida y original.

Vade Retro

Hay comisiones que hieden y comisiones que duelen. Las primeras deben acabar en los juzgados y las segundas retribuyen servicios. Hay otras que, aunque indoloras, hieren. Estas últimas normalmente implican un conflicto de intereses o un cobro injustificado y existen en todos los ámbitos económicos -publicidad, seguros, construcción, financiero…-.

Hasta el pasado mes de febrero estuvo en consulta pública un documento sobre la revisión de MiFID. 83 páginas con 148 preguntas, en la 103, la Comisión pide opinión sobre su propuesta de prohibir las retrocesiones –una práctica demasiado habitual del mercado doméstico-. El documento ha recibido más de 4.200 respuestas -una barbaridad-. ¿Por qué será, será?

En España, parte importante de los ingresos de la banca privada y las empresas de inversión proviene de las retrocesiones -comisiones que les ceden los intermediarios, las gestoras, los bancos, las cajas… por los servicios pagados y/o productos comprados por sus clientes- y de las comisiones de colocación y comercialización. Dichos ingresos son la alternativa o complemento al cobro directo por servicios de gestión, asesoramiento…. Los clientes pagan, sin embargo, no saben ni cuando, ni cuánto, ni cómo, ni por qué, desconocen todos los detalles y no quieren saberlos (ojos que no ven corazón que no siente). Recuerdo a Unamuno: «No fue tirano el que hizo el esclavo, sino a la inversa» y, las entidades -ante la ceguera voluntaria que demuestran sus clientes- no cumplen con su «deber de despertar en los inconscientes esclavos la conciencia de la esclavitud en que vegetan». Primero fue la ignorancia de los clientes, luego su pillería, más tarde el regateo, y finalmente, su negativa al pago de comisiones directas…. lo que nos condujo a un modelo que no evita sino invita a los conflictos de intereses.

Como en cualquier negocio, en banca privada, empresas de inversión, gestoras… existen unos costes que han de repercutirse al cliente. Esto es de cajón, pero nuestro modelo -donde las entidades debían entender que las líneas rojas no se cruzarían nunca en orden a mantener el 'equilibrio de intereses'– tiene la virtud de hacer difícil lo fácil, oscuro lo claro, y turbio lo transparente. Y, en determinados casos, el resultado del out of sight, out of mind system ha sido: comisiones más altas, rotación injustificada de las carteras, selección de productos y servicios en base a ¿quién paga más retro?, expresiones como «ya me lo cobraré de alguna forma», inexistencia de mercado para productos y servicios de bajo coste, cláusulas de renuncia, venta de participaciones de clases más caras,… una 'guerra de intereses' permanentemente perdida por los clientes.

El problema histórico de las retrocesiones no es que existan sino que se han negado o escondido y que no se han divulgado, pero no hay mal que dure 100 años. La CNMV -Comisión Nacional del Mercado de Valores-, en su día, ya recondujo una serie de prácticas financieras poco éticas realizadas por determinadas gestoras que suponían un perjuicio para los partícipes. Tras la entrada en vigor de MIFID y la Directiva 2006/73/CE, las empresas de inversión solo pueden recibir incentivos que aumenten la calidad del servicio prestado al cliente y sean comunicados al mismo, por lo que la propuesta de la Comisión no supone una alteración sustancial de la regulación de los incentivos, sino una interpretación más estricta de las condiciones que deben cumplir para ser legales, lícitos y legítimos.

Sabiduría popular: 'al pan, pan y al vino, vino' y 'dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios', llamar a las cosas por su nombre y pagar a quien me da el servicio, otra cosa nos llevará a 'confundir churras con merinas'.

'Vade retro Satana': apártate, Satanás.