"Con este panorama de represión financiera, no es posible obtener rentabilidad sin riesgo"

 

Alejandro Varela, gestor de Renta 4 Gestora

 

Probablemente lo habrán leído ya: la economía se desacelera. Para tratar de brindar un nuevo impulso al crecimiento no ha quedado otra que prorrogar la represión financiera. Así lo han interpretado los mercados y las autoridades monetarias. Los bancos centrales se han convertido en prisioneros de sus propias políticas y se han visto abocados a prolongar la era de “tipos cero” en un intento de sujetar en lo posible el crecimiento. De otro modo, se corre el riesgo de que la falta de confianza termine por precipitar de forma abrupta el fin del actual ciclo alcista que viene perdurando ya casi una década.

¿Qué supondrá esto para los ahorradores? Si lo pensamos fríamente podemos decir, por extraño que parezca, que en el momento actual “el dinero ahorrado, apenas tiene valor”. Al menos esto es lo que un ahorrador medio pensará cuando vaya a su banco con el propósito de ceder sus ahorros en depósito y se encuentre con que no le ofrecen tipo de interés alguno por prestarles su dinero durante cierto tiempo. Para obtener alguna rentabilidad, probablemente, se va a ver obligado “a moverlo”. A invertir.

Muchos ahorradores están desconcertados. ¿Qué es lo que ha pasado para que el dinero ya no valga nada? ¿De verdad no lo vale? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué no suben los tipos de interés? ¿Subirán algún día? Algunas de estas preguntas tienen respuesta. Otras no, al menos por ahora.

Una de las respuestas es "endeudamiento". El mundo sigue terriblemente endeudado. De hecho, en la década posterior a la gran crisis financiera, la deuda conjunta global de Gobiernos, hogares y corporaciones no financieras se ha disparado en más de un 50% hasta alcanzar una cifra cercana a los 180 billones de dólares (180 trillions americanos). Tal cantidad de deuda, en un entorno de baja inflación, solo parece sostenible y repagable si su coste permanece bajo y controlado.

Quizá por esta razón los bancos centrales están siendo especialmente cuidadosos a la hora de plantear las esperadas subidas de tipos.

Por otra parte, las políticas monetarias de tipos cero cuya implementación en la práctica se efectúan financiando a los Estados a un coste cada vez menor, disuaden a estos para que efectúen las reformas necesarias en sus economías que conduzcan a una mayor productividad, a mayor crecimiento y al recorte necesario de la deuda pública hacia niveles sostenibles.

En España, por ejemplo, hace ya varios años que no asistimos a ningún tipo de reforma de calado que persiga mejorar nuestro sistema productivo, el mercado laboral, o cualquier otro ámbito del desarrollo económico del país.

Los gobiernos se encuentran francamente cómodos al comprobar cómo los inversores pagan por financiar su deuda mientras los ahorradores soportan impotentes la represión financiera.

La ausencia de concordancia y de un objetivo común entre política fiscal y monetaria, colocan a los bancos centrales ante un rompecabezas de difícil solución, lo que ha llevado a que la represión financiera se prolongue, y lo que es aún peor, a que se prolongue sin garantía alguna de éxito.

Los inversores en deuda de empresas deberían ser especialmente cuidadosos en estos momentos. La política de tipos cero no solo ha afectado a la deuda de gobiernos. También se ha dejado notar en la renta fija corporativa, donde muchas compañías disfrutan también de captar grandes cantidades de dinero prestado cobrando además por ello o pagando muy poco. La diferencia entre las compañías y los estados es su capacidad para obtener ingresos. Estos últimos garantizan sus ingresos mediante el cobro de impuestos, pero en el caso de las empresas su capacidad de influir en la obtención de recursos es mucho más limitada.

Además, la probabilidad que tienen las empresas de obtener un salvavidas en situaciones de dificultad es muy inferior a la que poseen los gobiernos o países, que pueden recurrir a la autoridad bancaria central o a la ayuda de terceros países para refinanciar sus obligaciones.

Con este panorama de represión financiera, no es posible obtener rentabilidad sin riesgo. Además, el riesgo demuestra ser muy asimétrico cuando se asume al invertir en instrumentos de deuda frente a hacerlo en acciones o fondos de inversión. Cuando invertimos en deuda, arriesgamos prácticamente todo por obtener un ridículo tipo de interés. Cuando invertimos en acciones, participamos de un beneficio mayor, dependiendo de la evolución del negocio. Muchos inversores perciben un riesgo elevado cuando compran acciones o renta variable, pero son mucho menos conscientes del mismo cuando adquieren bonos o pagarés.

La represión financiera parece perpetuarse mientras asistimos a una nueva vuelta de tuerca a la baja en los tipos de interés, que vuelven a hundirse incluso a plazos cada vez más largos.

Como botón de muestra, el bono español a 5 años de vencimiento ya no proporciona rentabilidad positiva alguna. Se impone extremar la prudencia para los inversores en renta fija, mientras la inversión en renta variable queda como la única alternativa con posibilidades de retribuir el riesgo en condiciones razonables a plazos largos.

No tenemos respuesta a la pregunta sobre cuánto tiempo tendremos que soportar este contexto financiero. Alguien tiene que pagar la fiesta de la deuda y esto se va a producir necesariamente mediante un trasvase de recursos de los agentes menos endeudados hacia aquellos que más lo están.

Mientras los bancos centrales sean incapaces de romper el círculo vicioso de bajo crecimiento, baja inflación y elevado endeudamiento, la represión financiera seguirá presente.

 

Este artículo se ha publicado originalmente en el blog El color de los mercados del diario Cinco días.