Lucas, ¿no te gustaría haber opositado en vez de estar más a merced los mercados?

 

Mi padre sacó las oposiciones a Inspector de Hacienda del Estado y luego como agente de cambio y bolsa con el número uno. Esto puso el listón lo suficientemente alto como para que yo me limitara, tan solo, a intentar no decepcionarle, una tarea que me ocupaba bastante tiempo y tengo que decir que no siempre llevaba a cabo con éxito. Eso eliminaba cualquier aspiración suicida a opositar. Ayer, a mí me enseñaban que debía prepararme bien para encontrar un buen trabajo. Hoy yo le digo a mis hijos que deben prepararse bien para tener ideas, crear empresas o cualquier otra cosa que no permita que un tercero decida sobre su futuro. No tengo muy claro si el empresario está más a merced de los mercados que el funcionario de los políticos. Yo , al menos,  me fío menos de los segundos.      

 

¿Cómo compatibilizas tu vida profesional, la familiar y la social?

 

Al principio, tu vida profesional exige sacrificar parte de tu vida familiar, o eso piensas. Después, te das cuenta de que la vida familiar sigue, pasa y no te espera, de que nada relacionado con tu vida profesional o social va a devolverte o compensarte lo que has perdido. Hasta que un día, tu perro ya no sale con la lengua fuera y moviendo el rabo a recibirte. ¡Zas! Sin darte cuanta, te acabas de convertir en un mueble más de la casa, un accesorio prescindible, que probablemente se quede ahí cuando todos los demás se hayan marchado. Ten claras tus prioridades, las que sean. Porque rara vez la vida te da dos oportunidades. 

 

¿Qué priorizarías: una buena guitarra eléctrica o unos San Fermines con tus amigos?

 

Cualquier experiencia que puedas compartir con tus amigos, es única, no se volverá a repetir. Tanto si estás como si no. Una buena guitarra siempre estará ahí para que puedas tocarla. Tus amigos quizá no. La amistad y la fidelidad se ganan todos los días, no se compran, como un objeto. Las experiencias hacen amigos, los amigos experiencias y a través de ellas aprendes y te formas como persona. Claro que si hablamos de una Fender American Vintage ´59 Stratocaster, entonces la cosa cambia.

 

Las motos y los coches antiguos son una de tus pasiones. ¿Qué te aporta o aportaba el tiempo que le dedicas?

 

Satisfacción, cuando escuchas el ruido del motor y, subido en la moto, sabes que una vez más lo has conseguido. Bastante frustración cuando te das cuenta de que el 90% del tiempo lo has pasado intentando arrancarla y desmontando carburadores. Perplejidad, cuando te encuentras un chiclé o un muelle en el bolsillo… Y la moto sigue funcionando. Envidia, cuando te adelanta una BMW k75 de las que arrancan a la primera y el conductor te levanta el dedo meñique y el pulgar en señal de lo COOL que eres, con una moto tan bonita, única e inútil a partes iguales. Entonces tú le devuelves una sonrisa de rebelde, intentando no parecer demasiado idiota. Amnesia, cuando al día siguiente pasas delante de tus motos, las miras y con cierta nostalgia esperas volver a repetir la experiencia.        

 

¿Qué es lo más curioso (como para contarlo a tus nietos) que te has encontrado en la gestión de activos?

 

Mi primer trabajo fue en una gestora española. Ahí conocí a un cliente, una persona sencilla y bastante agradable, de algún pueblo de Guadalajara. Hizo una fortuna gracias a lo que él pensaba que eran unos poderes de origen paranormal, heredados de su abuela materna y que yo siempre achaqué a cierta inteligencia natural. Era capaz, o eso creía,  de identificar a cualquier compañía del selectivo español antes de ser opada o de presentar unos resultados extraordinarios e inesperados. Harto del mundanal dinero, decidió usar su don en algo más productivo para la humanidad, como la reflexología. Las colas eran tan largas que lo que empezó siendo un pequeño estudio acabó convirtiéndose en una cadena de cuatro clínicas y otra indeseada y desagradable pequeña fortuna.

Otra clienta, para la que las personas como yo éramos títeres del capitalismo sin la menor idea sobre inversiones y que pensaba que había encontrado la forma de forrarse sin el más mínimo riesgo, vendiendo y comprando moneda. Para mi sorpresa y poniendo en duda todo lo que había aprendido hasta entonces, funcionó. Durante algún tiempo, al menos. El problema es que esa moneda no era otra cosa que simples sellos.

O una vendedora, la n.º 1 en productos estructurados y derivados de un banco europeo que, a pesar de no tener el más mínimo conocimiento sobre el tema, ni interés en adquirirlo, llenaba las salas hasta los topes. Carencia a la que Dios, en su inmensa sabiduría, había suplido con un metro ochenta, unas piernas interminables y un rubio que no podía ser de este planeta. Ahora miro atrás  y me alegro de que el mundo de hoy, al menos en eso, no se parezca en nada al de entonces.