Sin duda la gran aportación de Darwin fue transformar la idea dominante de estabilidad. La noción predominante en la que se educó durante la época victoriana sostenía que las especies eran inmutables. Durante el siglo XIX, en el ámbito académico todos eran creacionistas, la tradición ancestral apuntaba que una especie nueva sólo podía ser producto de la creación divina. Darwin secularizó de raíz el mundo científico, y lo consiguió mediante un mecanismo común para todas las especies que explicara la evolución: la selección natural.

A Darwin le fue harto complicado decidirse a publicar sus observaciones, pues estaba rodeado de coetáneos que sufrían miopía, falacia narrativa, efecto imitación (herding), efecto rebaño, comportamiento gregario, ilusión de harmonía, ilusión de previsibilidad, comodidad, rutina, prejuicios, atajos mentales, tendencia a generalizar, exceso de confianza, etc.

En el año 2002, Daniel Kahneman, recibió el premio Nobel de Economía por sus estudios de psicología conductual, fue el primer no economista que lo obtenía. Curiosamente en el siglo XIX la psicología y la economía eran dos ramas de una misma materia.

Las conductas humanas estudiadas nos llevan a observar que cuando los sujetos resisten la tentación de seguir a la masa, se apreciaba un incremento de la actividad en las amígdalas, que están asociadas con la intensificación de las emociones. Ergo, el impulso de unirse al grupo parece tener una base neurológica.

Los procesos complicados de pensamiento pertenecen al córtex prefrontal, que es la parte delantera del cerebro y que es mucho más grande en los seres humanos que en otros animales. Pero al cerebro no le gustan las situaciones ambiguas, y es la parte más profunda del cerebro (zona límbica), la que evolucionó antes en el tiempo, la que transmite la ansiedad, la excitación o la emotividad. Ésta última traslada temor y a menudo anula paradójicamente a las regiones más evolucionadas.

En el mundo de la inversión estas actuaciones irracionales o racionalmente gregarias llevan tiempo estudiándose, pero presumiblemente perdurarán en el tiempo porque son intrínsecas al ser humano.

Muchos inversores profesionales se dedican a intentar prever los cambios de valoración de los activos poco tiempo antes que el mundano ciudadano, con el único fin de obtener raudos beneficios. Todo ello sin un previo y sesudo estudio de los fundamentales, ya que no les interesa el valor del activo sino el precio de éste.

Otros tantos tratan de perseguir a los ganadores, estrategia que suele tener buenos resultados salvo en las colas de la distribución, en esos momentos los principios fundamentales son las que dan anclaje sobre las decisiones tomadas en su momento, y el seguimiento de las masas no conlleva altas tasas de convicción.

Otros, que no son pocos, operan bajo una ilusión de conocimiento. Tras un estudio superficial o tras un análisis que excede de sus competencias creen conocer el activo en el que invierten.

Algunos gestores de instrumentos de inversión actúan bajo la presión de sus jefes, accionistas o clientes que les conducen a tomar decisiones irracionales o racionalmente gregarias.

Muchos tratan de analizar el pasado y sus patrones de comportamiento, mas como escribía Nassim Taleb “simplemente no sabemos cuanta información hay en el pasado”.

Unos cuántos observan detalladamente los ciclos, la macro, los indicadores, los diferentes sectores, las materias primas, los movimientos de capital, las divisas, etc.

Y unos pocos bucean en la contabilidad de las empresas, en sus proyectos, en su “management”, en sus costes, sus ventas, sus márgenes, sus balances, etc.