3 de diciembre de 2015

He estado dos días sin comparecer a nuestra cita. He tenido el placer de asistir a un curso sobre técnicas de comunicación realmente interesante. Uno de los ejercicios consistía en intentar adaptar, en poco tiempo, la sustancia de un cuento clásico a una historia actual. Les adjunto mi versión de "Caperucita roja" para el mundo del asesoramiento de inversiones.

Caperucita roja

 

Don Justo, un empresario ya jubilado le encarga a su hijo, Cándido, estudiante universitario, que se ocupe de llevarle a Prudencio, un veterano asesor financiero de su confianza,  un millón de euros para que se lo gestione adecuadamente a fin de asegurar su bienestar económico durante la vejez.

 

El joven coge el millón de euros, en un cheque al portador, y sale de su casa, en Plaza Castilla, y se dirige caminando por el Paseo de la Castellana hacia Cibeles, donde se encuentra la entidad en la que trabaja Prudencio.

 

Cuando está a la altura de Azca se encuentra con Máximo,  un compañero de marcha nocturna de su hermano mayor, que le cuenta que ha estudiado un MBA en Estados Unidos y que ha trabajado para bancos de inversión internacionales. Le pregunta dónde va, y dice que a la entidad financiera “La Previsora”, donde trabaja un viejo amigo de su padre, Prudencio, para encomendarle la gestión de un millón de euros.

 

Máximo le dice que no siga recto por la Castellana, que es mejor que se desvíe por Azca y que entre en Torre Picasso para charlar con un colega suyo, llamado Perfecto, que es un auténtico experto en opciones, futuros, commodities, hedge funds y, en general instrumentos financieros avanzados y que puede ofrecer rentabilidades muy superiores a las de la entidad de Prudencio, y con un nivel de riesgo muy controlado. Que cuando haya hablado con él pueden quedar los tres en Chicote, en Gran Vía, y comentar las posibilidades que se le ofrecen.

 

Perfecto y Cándido entran en Chicote, y al cabo de tres gin fizz, se encuentran con Severo, un amigo del padre de Cándido que le pregunta qué está haciendo en la coctelería, que nunca le había visto antes por ahí. Cándido le dice que se dirigía a “La Previsora” para dejar un cheque de un millón de euros a Prudencio, pero que se ha encontrado con Máximo, que le ha recomendado hablar con Perfecto para conocer mejor cómo están los mercados y las alternativas de inversión, y que están esperando a Máximo para charlar del tema, pero que inmediatamente después irá a Cibeles, a “La Previsora” a cumplir con el encargo de su padre.

 

Máximo no se presenta en Chicote, llama a Perfecto y le dice que no le esperen. Cándido entra en la sede de Cibeles de “La Previsora” y pregunta por don Prudencio.  Sorprendentemente, en la oficina aparece Máximo, y le dice que ha hablado ya con Prudencio, que no está en este momento en la oficina, y que le ha autorizado a él, como agente independiente que puede trabajar con muchas entidades, entre ellas “La Previsora”, que se haga cargo del millón de euros para rentabilizarlo adecuadamente, y que lo harán de acuerdo con las recomendaciones que le ha dado su amigo Perfecto.

 

En ese momento se presenta en “La Previsora” Severo, y viendo en la oficina a Máximo y Cándido advierte a este último de que Máximo es un estafador, que ha sido condenado por varios fraudes económicos y está inhabilitado legalmente para ejercer como profesional de la inversión. Afortunadamente el cheque está todavía sobre la mesa. Severo lo coge, sale corriendo, sube a un taxi y se dirige inmediatamente al domicilio de don Justo, el padre de Cándido. Le devuelve el cheque.

 

  • ¿En qué estabas pensando, Justo, cuando dejaste a un muchacho con un millón de euros en la mano pasearse por la Castellana?
  • Muchas gracias, Severo. Obviamente el cheque no tenía fondos, solo quería comprobar si el boquerón sabía nadar entre tiburones

Josep