24 de septiembre de 2014

La semana pasada, en Londres, Henri de Castries, primer ejecutivo de Axa, hacía una serie de reflexiones interesantes sobre el futuro del negocio asegurador. La más destacable era la que hacía referencia a la ingente profusión y disponibilidad de datos personales que, convenientemente procesados, pueden contribuir a fijar de forma más personalizada las tarifas aseguradoras.

Monsieur de Castries dijo algo parecido a esto: "Todos podemos intuir que los automovilistas que suelen circular a gran velocidad son más propensos a tener accidentes. Es un dato contrastado por los actuarios, una vez producidos los accidentes, que gran parte de ellos se dan por circular a excesiva velocidad. Lo que no sabemos, a priori, cuando un potencial cliente quiere suscribir un seguro de automóvil, es si es un amante de la velocidad o un conductor pausado. Si supiéramos que es un conductor pausado le aplicaríamos una tarifa inferior a la que aplicaríamos a un amante de la velocidad. Las nuevas tecnologías nos permiten, si el conductor lo desea, salir de dudas. Con un dispositivo móvil instalado en el coche podemos comprobar cuál es el estilo de conducción del cliente. En Francia, estamos ya ofreciendo en fase de prueba, a los clientes que aceptan incorporar a su automóvil este dispositivo móvil de control, una rebaja de un tercio en el precio de su seguro. Quien está dispuesto a que le conozcamos mejor tiene derecho a un mejor tratamiento. La información, la transparencia, tiene recompensa, la privacidad, la opacidad, tiene un coste".

Axa ha llegado a acuerdos con Facebook y Twitter para estudiar las posibilidades que la disponibilidad de datos ("big data" en terminología anglosajona), ofrece para una mejor tarificación de los seguros. Al fin y al cabo, tanto en el mundo de los seguros, como en el mundo de la inversión, como en el mundo en general, el riesgo no es otra cosa que la ignorancia, que el desconocimiento. A mayor información, menor riesgo. Y ha quedado ya atrás el tiempo en el que las compañías de seguros podían compensar, con ingresos financieros holgados y fácilmente predecibles, en un entorno de altos tipos de interés, fijaciones de primas no demasiado ajustadas al coste de indemnización por los percances asegurados. Es más importante que nunca tarificar bien y disponemos, potencialmente, de más datos que nunca para poder hacerlo.

Si aceptamos, algún día, que nuestra compañía de seguros pueda tener acceso a nuestra declaración de renta, al desglose de nuestro patrimonio financiero e inmobiliario, a nuestro historial médico, al registro de afiliaciones a la seguridad social, a nuestra actividad en Facebook, Linkedin y Twittter, al historial de navegación en Google, a la vida y milagros de nuestras tarjetas de débito y crédito, y a tantos y tantos datos registrados electrónicamente, con un solo click nos podrán dar precio para un seguro de vida, un seguro de automóvil, un seguro de hogar, o un seguro de cualquier otro tipo de riesgo, mucho más afinado que si no tiene ninguno de estos datos. Además, seguro que con un programa informático no demasiado complicado, podrá escribirnos una biografía completamente detallada, pues sabrá de nuestra vida más que nosotros mismos.

¿Merece la pena perder la privacidad por unos centenares de euros al año?

Josep