21 de mayo de 2014

"Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada". La frase con la que el gran escritor europeo Lev Tolstói inicia Anna Karénina, sería también válida si cambiáramos el adjetivo felices por el de europeístas. 

Me cuento entre los europeístas. Entre los que estarían dispuestos a votar a una candidatura que se presentase en toda Europa y tuviese como programa electoral la elección directa por sufragio universal de un Presidente de la Unión Europea. Con un gobierno europeo que tuviera competencias exclusivas sobre política exterior, defensa e inmigración. Con una legislación básica unificada que recogiera con el suficiente nivel de detalle en qué consiste el estado de bienestar en Europa, qué prestaciones sociales, sanitarias, educativas, ofrece a los ciudadanos y en qué proporción serán sufragadas de forma directa por el usuario y de forma indirecta por el conjunto de los contribuyentes. Y con un ministro de Hacienda único, responsable de formular unos presupuestos que expliciten claramente en qué nivel de administración, local, regional, estatal o federal se recauda cada impuesto y se decide cada gasto, y cómo se calculan las transferencias necesarias para asegurar que todos los ciudadanos de la Unión, puedan acceder a los mínimos garantizados de bienestar.

Pero esa candidatura, la del Partido Europeísta, no se presenta a las elecciones. Quizás seamos tan pocos los europeístas, los que estaríamos a votar a alguien que se presentase con un programa electoral tan escueto como el del párrafo anterior, que a nadie se le ha ocurrido montar tal partido. Tendremos que conformarnos con votar a los partidos tradicionales en cada país, que centran su mensaje en campaña a la atribución mutua de responsabilidades por los problemas internos y en prometernos que irán a Bruselas a barrer más para casa.O a las candidaturas más o menos extravagantes que suelen aprovechar las elecciones europeas para intentar llamar la atención de un público propenso a actuar con cierta frivolidad en una votación que, para la mayoría, parece de escasa importancia.

Y pese a ello, la Unión Europea avanza. A trancas y barrancas, con parones, con retrocesos temporales, pero avanza. El euro se ha consolidado como segunda gran divisa de referencia global. El sistema financiero estará, muy pronto, sujeto a una supervisión unificada. Las irresponsabilidades presupuestarias de los estados miembros están cada vez más sujetas a control. Y, sobre todo, las grandes empresas europeas que hace años que han trascendido las fronteras de su país de origen y han adquirido una dimensión global, tienen cada vez más influencia en los tecnócratas de Bruselas. Esos redactores de las directivas que luego pasan a la votación  de los eurodiputados que obedecen sin rechistar al jefe local que les puso en la lista.

El domingo sabremos si ha gando Schulz o Juncker. Gane quien gane, a los europeístas siempre nos quedará Draghi...

Josep