26 de enero de 2015

El pasado sábado asistí, en el Teatro Real, a la representación de la ópera Hänsel und Gretel, del compositor alemán Engelbert Humperdinck. La escenografía corría a cargo del francés Laurent Pelly que, como viene siendo corriente últimamente en el mundo de la ópera, intentaba trasladar la historia original al tiempo actual. Estos intentos pocas veces salen muy bien. Pero en este caso tengo que decir que el resultado es francamente bueno, original a la vez que elegante. Y da mucho que pensar.

Hansel y Gretel viven en el bosque, en una choza hecha de cartones y otro tipo de residuos. No son muy amantes del trabajo, pero sí de la música y el baile. No se llevan demasiado bien con los que mandan en la casa, sus padres, una señora atacada de los nervios y un padre borrachín, poco partidarios, como ellos del trabajo, pero que se lamentan continuamente de lo mal que les van las cosas.

Faltos de comida, Hansel y Gretel se adentran en el bosque para recoger bayas y otros frutos silvestres. No se toman el trabajo con especial ahínco, y no llegan a acumular demasiadas provisiones para llevarse a casa: baya que cogen, baya que comen, mientras holgazanean y sueñan en un mundo en el que abundan las patatas fritas, las hamburguesas y los pasteles.

De repente aparece una señora, con voz de tenor, entrada en carnes ataviada con un elegante traje chaqueta, que les invita a su tienda. Es un enorme supermercado, repleto de briks de batidos de chocolate y abundante bollería. Muy felices se las prometen Hansel y Gretel, que empiezan a comer y beber a dos carrillos, vaciando los anaqueles del establecimiento. De repente, la gordita trajeada saca la caja registradora y lo que parecía una fiesta de gratis total para los hermanitos se convierte en un tormento. El niño queda retenido, sin poder salir del supermercado hasta que la niña, trabajando, no pague el gasto. Su sueño de poder disponer de los abundantes bienes del supermercado sin tener que trabajar ni pagar lo consumido parece esfumarse.

Como es un cuento, tiene que tener un final feliz, y la propietaria del supermercado, la señorona alemana de voz recia, termina siendo asesinada por los niños, que rescatan a otros compañeros encerrados en el establecimiento por haber pretendido, como ellos, comer dulces y beber batidos gratis total.

Y allí quedan todos en la escena final. Niños amantes del cante y la recolección de frutos silvestres, como dueños del supermercado. Dispuestos a vaciar los tetra briks, pero difícilmente dispuestos a trabajar para volver a llenarlos.

Por un momento, la bruja del cuento, dueña del supermercado en la ópera, me recordó a Merkel. Y Hansel a Tsipras.

Josep