20 de junio de 2014

Hoy conoceremos los detalles de la reforma tributaria que plantea el Gobierno. Por lo que ha trascendido será una reforma de menor calado: ligeros retoques a la baja de tipos en el IRPF y el impuesto de sociedades compensada con reducción de desgravaciones y deducciones. En neto, prácticamente nada. 

La fiscalidad de los rendimientos de las inversiones no parece que vaya a verse alterada. Seguiremos con tipos específicos para "el ahorro" para los rendimientos por intereses y dividendos y para las plusvalías realizadas tras haber mantenido la inversion durante más de un año, y con una tributación al marginal del tipo general para las ganancias obtenidas en la compraventa de activos financieros en plazos inferiores a un año.

Si uno compra unas acciones y las vende con ganancias al cabo de nueve meses paga, a grandes rasgos, el doble de impuestos que si las vende al cabo de trece meses. La presunta lógica de este tratamiento diferencial es la de "penalizar la especulación". No sé si es la demagogia, la ignorancia o una mezcla de las dos cosas lo que puede haber llevado a los legisladores a imponer una fiscalidad distinta en función del plazo.

Si uno compra un activo y su precio sube por encima de lo que él cree que razonablemente vale, lo lógico, lo necesario, es venderlo inmediatamente. Sin mirar el calendario. Vender algo cuando está caro no es especulación, es prudencia. Tratar las plusvalías a más de un año mejor que a las de menos de un año  es incentivar la falta de prudencia.  Y supone, indirectamente, poner en inferioridad de condiciones a los inversores particulares frente a los institucionales. Al gestor de un fondo de inversión le resulta indistinto vender hoy o dentro de doce meses. A un particular, no.

Podríamos escribir un libro entero sobre inversión e impuestos. El problema es que tendríamos que actualizarlo cada año, porque cambiar las reglas de juego en el campo tributario con frecuencia es una de las peores, y más habituales, costumbres de los legisladores.

Josep