24 de febrero de 2014

El jueves y el viernes pasado estuve de viaje, visitando a inversores en el fondo. Alejado de periódicos e internet, seguía  la evolución de los mercados solo de reojo y falté a mi cita diaria con ustedes en este blog. Espero que puedan disculparme.

El trato directo con inversores es siempre enriquecedor. En algunos casos los interlocutores son profesionales de la industria de inversión y puedes compartir conocimientos o dudas sobre algunos valores que tienes en cartera. En otros casos no es así, y la conversación no versa sobre los motivos que te llevan a haber incluido una u otra compañía en el fondo, sino sobre conceptos más genéricos, pero no menos interesantes. Principalmente sobre la relación entre riesgo y rentabilidad, y más concretamente sobre qué puedes hacer para evitar perder dinero.

En un país con larga tradición de inflaciones altas y de tipos altos, cuando tu interlocutor ha superado la cincuentena, no digamos ya si es sexagenario o septuagenario, la evocación de los viejos tiempos en los que las letras del tesoro pagaban el 12% es inevitable. ¡Qué fácil era hace veinte años vivir de rentas! Y, sobre todo, ¡qué jóvenes éramos! les digo yo. Pero esos viejos y bellos tiempos no volverán.

Ganar sin riesgo de perder, en términos reales, se ha convertido en una tarea imposible. Si uno juega a no perder, como máximo empata. Y solo empatando es difícil mantenerse en la misma categoría.

El valor real de la inversión en renta variable no oscila tanto como lo hacen los precios de las acciones. Los precios de transacción, las compras y las ventas, de las compañías no cotizadas oscilan mucho menos que los precios de cotización de las que tienen sus acciones en los mercados bursátiles. Y, en agregado, el valor de unas y de otras, a largo plazo, evoluciona al mismo ritmo que la economía a precios corrientes. Recoge crecimiento real, y recoge inflación. Como sea que la economía, a largo plazo, crece, comprar empresas, invertir en bolsa, es la fórmula que nos asegura ganar. Siempre que no tengamos la mala suerte o la falta de pericia a la hora de escoger compañías que se comporten mucho peor que la economía en general.

Lo he dicho ya otras veces. Los dos riesgos de la inversión bursátil son la ignorancia y la impaciencia. Para superar el riesgo de la ignorancia ponemos nuestro dinero en manos de los profesionales de la inversión que, por sus conocimientos y experiencia, deben disminuirlo. El riesgo de la impaciencia tiene que superarlo el propio inversor. Y la forma más correcta de hacerlo no es autoimponerse límites anuales de pérdida máxima, sino establecer, claramente, qué porcentaje de su patrimonio financiero puede necesitar hacer líquido en determinados plazos. Lo que pueda necesitar en un año no debe estar en bolsa. Lo que pueda mantener sin disponer durante diez años tiene que estar todo en bolsa. Es imperdonable que un ahorro para la jubilación no esté en bolsa. Es imperdonable que una punta de tesorería de una empresa o un ahorro para pagar la entrada de un inmueble que un particular piensa adquirir el año que viene lo esté.

Josep