9 de mayo de 2016

La publicación del informe realizado por BBVA y el IVIE sobre la evolución de la clase media en España en lo que llevamos de siglo ha arrojado conclusiones no muy distintas de las que mostraba, hace unos meses, el publicado por el Pew Research Centre para la clase media norteamericana. Las metodologías de ambos informes no son totalmente coincidentes, y el español es mucho más completo. El concepto de clase media en el estudio BBVA-IVIE es más restringido que el del estudio de Pew Research. Los investigadores españoles incluyen en la clase media a todas aquellas familias con una renta comprendida entre tres cuartas partes y el doble de la mediana, mientras que los norteamericanos  amplían algo el espectro por la parte baja, que empieza en las dos terceras partes de la renta mediana. El estudio español considera como unidad de medida la renta disponible (después de impuestos directos), mientras que el norteamericano mide la renta bruta, antes de impuestos. Son diferencias de matiz, que no impiden mostrar una misma clara conclusión: una parte relevante de la población que se encontraba incluida en la clase media hace diez años se ha visto desplazada, en su mayoría hacia un estrato inferior y solo marginalmente hacia un estrato superior. Ambos estudios sitúan en la clase media un porcentaje de la población próximo al 50%, un porcentaje que hace diez años se acercaba al 60%, y hace treinta (en el caso americano, en el español no se ha observado) superaba los dos tercios. 

El estudio de BBVA-IVIE incluye además una estimación del valor económico percibido por las familias como consecuencia de la provisión gratuita por parte de los poderes públicos de los servicios de educación y sanidad, que aumenta de forma considerable la capacidad de gasto disponible para las familias. En el decil de renta disponible más baja, por ejemplo, el valor económico de los servicios de sanidad y educación supera los ingresos totales de la unidad familiar. Y en el conjunto de la mitad de la población con inferior renta, los servicios públicos aumentan en cerca de un 50% el nivel de renta disponible. El estado de bienestar atenúa así, de forma muy significativa, las diferencias en calidad de vida entre los distintos segmentos de población. 

La pérdida de empleo (pasar a la situación de paro, o cambiar trabajo a tiempo completo por empleo a tiempo parcial) es la principal causa de disminución del porcentaje de población incluido en la clase media, aunque también se muestra como un factor relevante la reducción de salarios. La diferencia de rentas entre el decil más alto de la muestra y el decil más bajo, aumenta de forma considerable, como también lo hace entre el decil más alto y la mediana y el decil más bajo y la mediana. La polarización de rentas es un hecho incontrovertido. Y, en mi modesta opinión, seguirá siéndolo, puesto que es una consecuencia lógica de la globalización. La disponibilidad ilimitada de mano de obra (las fábricas se trasladan a los lugares con sueldos más bajos, y los jóvenes de los países con sueldos más bajos están dispuestos a emigrar para prestar sus servicios a los países con sueldos más altos), lleva irremediablemente a ello.

¿Que haya polarización de rentas, que el porcentaje de población incluido en lo que se define estadísticamente como clase media disminuya, es malo? Hace cinco décadas, cuando yo nací, la proporción de la población que estaba incluida en la clase media, si la definimos como aquellos que tienen entre tres cuartos y el doble de la renta disponible mediana, no sería inferior a la  actual, probablemente fuese incluso algo superior, seguro que era más de la mitad de la población. Y estar incluido en esa franja no daba un ingreso suficiente como para tener coche, televisor, teléfono, vacaciones en la playa o ir a la universidad, algo de lo que solo disponía uno de cada diez hogares. Sí daba para comer todos los días, tener agua corriente y electricidad, cambiar de ropa con cierta periodicidad, estar escolarizado hasta los catorce o dieciséis años, ir de vez en cuando al cine y tener radio o motocicleta. Quien no tenía coche y ahora lo tiene, objetivamente ha progresado, pero quien habiendo pasado de permanecer todo el verano en su casa llegó a habituarse a pasar un par de semanas de vacaciones en un hotel de cuatro estrellas colindante con la playa y tras la crisis tiene que alojarse en un apartamento en segunda línea de mar, se siente muy decepcionado. 

El progreso material, como observadores externos, lo podemos medir en términos absolutos. Pero, personalmente, solemos medirlo en términos relativos. Si antes tenía más que el vecino y ahora tengo menos, he empeorado... Y si me bajan el sueldo, porque cada vez hay más gente, que viene del extranjero, dispuesta a trabajar por menos, y me suben los impuestos para poder pagar subsidios y servicios públicos a los mismos que están contribuyendo a que mi sueldo baje, tenemos el campo abonado para el populismo. ¿Es el estado de bienestar una herencia familiar, a distribuir entre los nacionales, o un fondo benéfico abierto a todo el mundo? Reflexiones y preguntas como las anteriores están ahí, guste o no guste. Que nadie se extrañe, pues, ante el aumento del populismo. Las tres propuestas estrella de Trump van en esa línea: freno a la inmigración, subida del salario mínimo, aumento de los impuestos a los más ricos. Evidentemente, si gana, las cumplirá o no en la medida en que las circunstancias lo aconsejen. Al fin y al cabo es un hombre de negocios y, por ello, un pragmático. Pero Trump, Le Pen, Syriza, Podemos, UKIP, Cinque Stelle, o las múltiples nuevas derechas e izquierdas alemanas, austríacas, en general, europeas, están ahí porque la globalización, siendo objetivamente positiva, subjetivamente resulta en muchos casos muy dolorosa.

Josep