18 de septiembre de 2013

Se cumplen cinco años desde la quiebra de Lehman Brothers, el episodio más sonoro del inicio de la crisis financiera y bursátil cuyas consecuencias, por lo menos en el sur de Europa, seguimos padeciendo.

No ha sido un lustro fácil para los gestores de renta variable. Aunque es sabido que la bolsa sube y baja y que en el corto plazo se puede perder dinero, cuando ello se produce el corto plazo se hace muy largo para el inversor. Y vienen los reembolsos, y con ellos las ventas forzadas de cartera, y con ellas la caída de las cotizaciones, y así sucesivamente.

Cuando la noche anterior Wall Street ha caído un 3%, mejor no gastar azúcar, porque el café de la mañana será amargo. Aunque el gestor sea poco amigo de las pantallas, cuando intuye que a las 9 de la mañana puede estar perdiendo, en un segundo, una vigésima parte del patrimonio, la tentación de jalear al GIP (gráfico de precios del día para los no iniciados) como hacen muchos traders (“vamos Ibex, tú puedes, tú puedes…), para que se dé la vuelta, ataca incluso a los más partidarios del análisis fundamental.

En momentos de caída fuerte y prolongada de las bolsas es fácil que cunda el desánimo y es difícil mantener la motivación. Hace más de veinticinco años que en el IESE nos enseñaban que la motivación del profesional puede ser de tres tipos: intrínseca, extrínseca y trascendente. La motivación intrínseca es la que nace de la satisfacción íntima por tener la conciencia de que el trabajo está bien hecho. La extrínseca es la que proviene de la compensación económica recibida. Y la trascendente la que nos proporciona saber que contribuimos al progreso y la felicidad de los que nos rodean.

Lo óptimo es que en un trabajo confluyan las tres motivaciones. Hacer un buen trabajo, ganar dinero y contribuir al progreso y felicidad de los demás con ello. Si falla alguna de las tres no se trabaja a gusto. El trabajo del buen gestor permite alinear las tres motivaciones. Siempre que se den algunas condiciones. Para hacer bien el trabajo necesita confianza, libertad para invertir. Para ganar dinero necesita patrimonio invertido (ajeno o propio). La trascendente siempre es más compleja, aunque la satisfacción de los clientes cuando ganan dinero suele ser general. La síntesis de las tres motivaciones, el motor del gestor, es el valor liquidativo.

El buen gestor lo es realmente cuando puede decir de sí mismo como Talleyrand, obispo, diplomático y primer ministro francés, que prestó sus servicios a la monarquía, a la república y al imperio que es  un “servidor siempre fiel reservándose el derecho de cambiar de amo”. Sus intereses y los de aquellos que en último término quiere servir, los de los administrados están, así, siempre alineados.

Josep