13 de septiembre de 2013

El sector eléctrico europeo ha sido uno de los principales perjudicados en la, podemos decir ya, pasada crisis bursátil. Las principales compañías cotizan a menos de la mitad de precio que antes del inicio de la crisis. A pesar de que, en la mayoría de los casos, han aplicado recortes de dividendo respecto al que pagaban en los mejores momentos, ofrecen una rentabilidad por este concepto de un dígito alto, muy superior, sobre todo en el caso de las alemanas, a la que ofrece la deuda pública a largo plazo.  La incertidumbre regulatoria, la sobrecapacidad, la difícil digestión de las políticas de incentivación de la inversión en energías renovables en un contexto de debilidad coyuntural de la demanda y los problemas en las arcas públicas (que aumentan la tentación de incorporar impuestos en el recibo de la luz) se han conjurado para mantener deprimidas las cotizaciones de las eléctricas.

De momento no tenemos eléctricas en cartera. Mientras haya un holgado potencial de revalorización en otros sectores con menores incertidumbres así seguirá siendo. Pero todo tiene un precio, incluso aquello que no tiene por delante un futuro muy boyante.

En las economías desarrolladas, la preocupación por la eficiencia energética hace previsible un estancamiento, con tendencia a la baja, del consumo total de energía primaria. Esta ha sido la tendencia en los países más desarrollados en las últimas décadas. Alemania, por ejemplo, consumió en 2012 un 13% menos de energía primaria que en 1985. El consumo de petróleo descendió un 11% en el mismo período. Por contra, el consumo de energía eléctrica aumentó un 18%. Menor consumo de energía total compatible con mayor peso de la energía eléctrica en el mix. 

En 1985, Alemania era, básicamente, un país tan desarrollado como lo es ahora. Todos los coches que tenía que haber ya los tenían entonces, y su nivel de renta en términos reales no era sustancialmente distinto del actual. No era este el caso de España, todavía a las puertas de su entrada en la Unión Europea, punto de partida para dos décadas de crecimiento prodigioso. Desde 1985 hasta 2012 el consumo de energía primaria en España ha aumentado un 79%, pero la tendencia relativa hacia menos petróleo y más electricidad, como en Alemania, también se ha dado. El consumo de electricidad ha aumentado un 115% y el de petróleo solo lo ha hecho en un 40%.

Estamos en los primeros balbuceos del coche eléctrico, y es difícil predecir a qué ritmo se irá imponiendo su uso. Pero, tarde o temprano, en una década o quizás mejor en tres, terminará por generalizarse. La electricidad ha ganado terreno a otros combustibles, claramente, en los hogares, y terminará por hacerlo también en la carretera. Con la tecnología actual, para que un coche de 100 CV de potencia recorra 100 km hacen falta unos 18 kwh de electricidad o unos 6 litros de combustible. En España gastamos, anualmente, unos 25.000 millones de litros de gasolina y gasóleo de automoción. Si, de la noche a la mañana, todos los coches y camiones fueran eléctricos, la demanda de energía eléctrica se incrementaría en unos 75.000 Gwh, aproximadamente un 30% del consumo eléctrico total nacional.

Por los 25.000 millones de litros de gasolina y gasóleo los ciudadanos están pagando una factura de unos 35.000 Mn€. Por los 75.000 millones de kwh que harían falta para prescindir de los carburantes, pagarían, a tarifa eléctrica estándar para consumo en el hogar, algo menos de 9.000 Mn€. Todo ello, claro está, con el permiso de Hacienda, que hoy se lleva el 45% del precio que pagamos por llenar el depósito.

Todo esto no pasará mañana. Pero en los países desarrollados, a largo plazo, tres tendencias son seguras: el consumo total de energía primaria tenderá a disminuir, la electricidad aumentará su peso en el mix, y el petróleo lo disminuirá. Y la voluntad recaudatoria del fisco sobre la energía no disminuirá. Si baja la recaudación en el surtidor de carburante, tendrá que aumentar en el contador de la luz.

 

Josep