9 de septiembre de 2013

La bolsa de Japón ha cerrado, esta madrugada, con una subida superior al 2%. Unos lo atribuirán al buen dato de PIB, otros a una oscilación nada anormal en un mercado que este año se está mostrando muy volátil, y otros a la concesión a Tokio de los juegos olímpicos de 2020. El mercado español abre con una caída de casi el uno por ciento, medio punto porcentual superior a la del resto de mercados europeos y podría haber quien buscara un explicación olímpica para este comportamiento. Por ejemplo, aquellos que hacían listas de valores que se verían beneficiados por la organización de los juegos.

La concesión de los juegos a Madrid habría sido una buena noticia, sin duda. La mejora, por mayor conocimiento, de la imagen internacional de la ciudad se habría traducido, como así ha sido en Barcelona, en un incremento muy notable y sostenido de visitantes, con indudables beneficios para los sectores relacionados directa e indirectamente con el turismo y, potencialmente, para su atractivo como destino de inversión. El beneficio de unos juegos olímpicos no se recoge en los quince días que duran las competiciones deportivas, sino en las décadas siguientes a su celebración.

Pero ha ganado Tokio. Muchas son las explicaciones que se buscan para la decisión del COI. Y cuando pienso en Tokio no puedo dejar de recordar mi primer viaje a la ciudad, hará ahora unos veinte años. Fue una experiencia muy interesante, que me hizo comprender lo difícil que resulta para un occidental juzgar lo que allí sucede. No es solo el idioma, sino la manera de pensar, lo que nos hace difícil de entender lo que es Japón. Tan difícil que, como inversor, he optado por mantenerme alejado de dicho mercado. No me veo capaz de analizarlo con seguridad.

Paseando por las calles de Tokio pude observar que proliferaban unos locales, denominados Pachinko, que desde fuera aparentaban ser unos recreativos, ya saben los de máquinas de pinball (máquinas del millón, en terminología de mi juventud), Desde luego no podían ser locales de tragaperras, puesto que este tipo de juego de azar con premios en dinero no estaba permitido. Entré en un Pachinko y observé el funcionamiento, tanto de las maquinitas como, sobre todo, de los clientes del establecimiento. Los jugadores pagaban por disponer de un número determinado de bolas de acero que, introducidas en una máquina y dirigidas, más o menos aleatoriamente, por unos mandos accionados por el jugador, discurrían por variados canales, generando un ruido notable, y terminaban por desaparecer o depositarse en un recipiente. Si desaparecían habías perdido. Si aparecían en el recipiente habías ganado. Dependiendo del número de bolas que obtuvieses podías canjearlas por uno u otro premio. Por ejemplo, a cambio de cien bolas te regalaban un gato cósmico, a cambio de doscientas un oso gordo de peluche. 

Parecían premios muy infantiles para unos jugadores bastante bragados, muchos de ellos peinando canas. Pero sí, sí, el desfile de honrados padres de familia, sin niños que les acompañaran, hacia el puesto de canje de bolas de acero por gatos cósmicos era incesante. A la salida del local, a escasos metros, observé que había un buen número de compradores de gatos cósmicos y osos gordos de peluche, a razón de 5.000 yenes el gato y 10.000 yenes el oso. La totalidad de los jugadores cambiaban gatos y osos por yenes. Y los compradores ambulantes de peluches cruzaban la puerta del Pachinko y entregaban gatos y osos al departamento de canje de bolas de acero por peluches.

En resumen, lo que aparentaba ser un juego juvenil con premios infantiles, no era más que un garito de juego de tragaperras. La ley prohibía jugar dinero a cambio de dinero. Pero no jugar dinero a cambio de peluches, ni comprar peluches en la calle. Este es un buen ejemplo de que, en Japón, las cosas no son lo que parecen a primera vista para un occidental. Solo un buen conocedor de la idiosincrasia de los nipones será capaz de desentrañar los innumerables Pachinkos de dicha economía.

Como en el Pachinko, en los juegos olímpicos el entretenimiento y el juego tienen su papel, sobre todo para los participantes. Pero para los organizadores, para los propietarios del negocio, créanme, lo importante es el dinero.

Josep