6 de octubre de 2014

El viernes las bolsas recuperaban un tercio de lo perdido el jueves. Y mientras estoy escribiendo este artículo están recuperando otro tercio. Si termináramos así la sesión, la caída acumulada en las tres últimas sesiones sería de menos del 1%, una oscilación perfectamente normal y no merecedora de mayor comentario.

Pero cuando la bolsa caía un 3% en un solo día algunos no veían las cosas así. Las ediciones digitales de la prensa económica más leída (FT, WSJ...) intentaban encontrar justificaciones inmediatas al desplome de la bolsa. Podíamos leer argumentaciones sobre  la posible vuelta a una recesión en Europa que arrastraría en su caída a algunos emergentes y que cambiaría las perspectivas globales de crecimiento para 2015. La relación de causalidad entre un insuficiente nivel de detalle en un futuro programa de compra de titulizaciones por parte del BCE y tamaña catástrofe inminente no estaba muy bien elaborada. Pero es que tampoco tuvieron mucho tiempo. Si la caída hubiera perdurado en el tiempo, no demasiado, solo algunos días, las argumentaciones favorables a una espiral catastrófica no habrían faltado.

La mejor cura contra el pesimismo es la realidad. Contemplar permanentemente un gráfico de cotización es una actividad que puede calificarse como insalubre, no es buena para la vista y puede llegar a provocar alucinaciones. Leer memorias anuales de compañías o revisar estados contables es más laborioso, si quieren más cansado, pero no es en absoluto aburrido. Saber quién y dónde vende más coches, más toneladas de productos químicos, más alimentos procesados, más prendas de ropa, más litros de gasolina, más kwh. o más primas de seguros, nos ayuda realmente a comprender por dónde va el mundo. Y a restarle importancia a la gráfica diaria de cotización o al último comunicado de un banco central.

El que tiene interés por saber no siente ansiedad por acertar. Porque sabe, que lo casual, a la larga, siempre es anecdótico frente a lo causal.

Josep