3 de marzo de 2014

Sé, desde muy niño, que Sebastopol existe. Como buen lector de Mortadelo y Filemón, desde que tengo uso de razón he sabido que dicha ciudad es, junto a Tegucigalpa y Pernambuco, uno de los tres eufónicos y exóticos destinos preferidos por los famosos agentes de la TIA cuando desean desaparecer del mapa.

Siendo algo mayor he podido saber también que, como Yalta, donde Estados Unidos y la Unión Soviética se repartieron el mundo al final de la segunda guerra mundial, Sebastopol está en Crimea,  una península estratégicamente situada en el Mar Negro, en la que desde tiempos inmemoriales se encuentra instalada la armada rusa. Actualmente, y tras la independencia de Ucrania, la presencia de la flota rusa se encuentra amparada por un tratado bilateral que le garantiza el uso de una base naval hasta el año 2045. Pero la base rusa en Sebastopol no puede considerarse algo parecido a la base americana en Rota. La mayoría de la población de Sebastopol, y de toda la península de Crimea, tiene como lengua propia el ruso. 

Los movimientos militares de Rusia en Sebastopol, con el argumento de asegurar su posición en un país lo bastante inestable como para que su Presidente tenga que salir por piernas, podrían provocar el desplazamiento de tropas más allá del perímetro de la base naval. Escuadrillas independientes, o patrullas paramilitares,  de ciudadanos de Crimea partidarios de una unión con Rusia, tomarán el control de aeropuertos y otros centros estratégicos, siguiendo el ejemplo de los proeuropeos manifestantes del Maidan de Kiev. El parlamento regional de Crimea ya ha anunciado su voluntad de someter a referéndum el estatus de la península, en el plazo de apenas un mes. No debería extrañarnos que, como consecuencia de ello, la desvinculación de Crimea respecto a Ucrania sea pronto un hecho. Podemos dudar sobre si esta desvinculación resultará en simple independencia de la península, en su anexión por Rusia, o en un estatus especial que asegure la independencia de facto de Kiev y la dependencia de facto de Moscú. Pero no tengan ninguna duda de que Sebastopol seguirá siendo la gran base naval rusa del Mar Negro.

Que Putin y Obama hablen hora y medio por teléfono y no se entiendan, o que los principales países de la OTAN terminen por declinar su asistencia a la prevista conferencia del G-8 en Sochi, son formas de manifestar el descontento y, hasta el enfado. Pero de aquí a prever que, ciento sesenta años después, las potencias occidentales entren en guerra con el imperio ruso por la península de Crimea, hay un trecho muy largo. Que no se va a recorrer. 

Los apocalípticos tendrán hoy un buen día. Y quien sabe si hasta un par de buenas semanas. Pero por un territorio del tamaño de una provincia de España con una población de 2 millones de habitantes, que no se consideran más ucranios que rusos, no llegará la sangre al río. Lo que sí seguirá llegando es el gas ruso a Europa. 

Josep