Hay un asunto en el que de partida todos parecemos estar de acuerdo: las sicav, uno de los vehículos de inversión que mejor se adapta fiscalmente a las grandes fortunas, tienen menos popularidad que Figo en el Barcelona. 

Pero veamos a continuación algunas cifras que demuestran los efectos de perseguir a estos vehículos de inversión. 

- País Vasco. Este año se ha subido la tributación del 1 al 28%. Según publicaba El Correo dos meses después de entrar en vigor la norma sólo quedaban 70 sicavs domiciliadas en la región, de las más de 200 que había a fin de año. Yo miré ayer en la CNMV y vi que sólo quedan... ¡12! ya domiciliadas entre Bilbao y San Sebastián. Muy grandes tienen que ser las que quedan (si es que no están en trámites de cambio de domicilio fiscal) y muy pequeñas las que se han ido para que Euskadi no haya salido perdiendo con la medida.

- Cambio fiscal. El pasado viernes se aprobó una normativa que impedía a las grandes fortunas utilizar la reducción de capital para diferir el pago de impuestos. A priori, yo también estoy de acuerdo. Era una especie de vacío que dejaba la legislación con el vehículo anterior, y mejor que si se retira dinero se pague el impuesto correspondiente. 

Esto se llevó muchos titulares el fin de semana, que aplaudian el castigo a los ricos y su uso evasivo de este vehículo.

Peeeeero: viendo las cifras, resulta que la medida apenas les afecta. Sólo el 1% de las sicav utilizaba la vía de la reducción de capital, según Cinco Días. Y en el mejor de los casos el Estado sólo habría ingresado 29 millones de euros por los impuestos correspondientes. Tanto ruido... y tan pocas nueces.

Visto lo cual, hay que aplaudir que el Gobierno no haya tirado del populismo más directo y haya evitado endurecer la tributación, como si hizo el PSE en el País Vasco. El dinero habría volado a Luxemburgo y habríamos pasado a no tener sicavs. ¿No os parece?