¡AHORRA, AHORRA, AHORRA!

Carta a mi hijo:

Hay que ahorrar y valorar el auténtico coste de las cosas según su potencial de capitalización a interés compuesto.

Debes contemplar tu moneda de un euro como una semilla con un potencial de crecimiento enorme. “ Cuida de los pequeños gastos, un pequeño agujero hunde un barco”, decía Benjamin Franklin. Todas las familias deberían llevar un libro de cuentas y su balance ser siempre positivo, es decir, obtener más ingresos que pagos, de lo contrario nunca se obtendrá la tan ansiada libertad financiera. Es fundamental tener un buen plan financiero y unos objetivos definidos en el tiempo. “Es cierto que el dinero no puede comprar la felicidad -afirmaba George S. Clason-  pero hace posible que usted disfrute de lo mejor que el mundo tiene para ofrecer”.  Encontrarás el camino a la riqueza cuando consigas que una parte de todo lo que ganes sea tuya para guardarla. Págate a ti primero –conservar como mínimo un diez por ciento debería considerarse como un “gasto” obligatorio-, luego haz que tus ahorros trabajen para ti (reinvirtiendo y capitalizando las plusvalías), convierte el dinero en tu esclavo.

La mayor parte de las personas llevan profundamente grabado el guión de lo que yo denomino “mentalidad de escasez”. Ven la vida como si hubiera pocas cosas, sólo imaginan una única tarta y piensan que si alguien consigue un trozo grande, necesariamente otro se quedará con menos parte. La mentalidad de la escasez es un paradigma erróneo de suma cero: si yo gano, otro tiene, necesariamente, que perder. Lo cierto es que en el mundo hay riqueza abundante para todos y es una riqueza creciente en el tiempo.

Naturalmente es más fácil tener una “mentalidad de la abundancia” si se es ya rico.

La seguridad económica no depende únicamente del patrimonio que tengamos sino, más bien y sobretodo, de nuestra capacidad para pensar, aprender, crear y adaptarnos a un entorno cambiante. La base de la verdadera independencia financiera no descansa en tener un gran capital sino en el poder para generarlo. Los bienes materiales son efímeros, pueden desaparecer como consecuencia de guerras, expropiaciones, desastres naturales, etc., de ahí que la protección que debemos buscar no sea la externa, basada en esas posesiones, sino la interna, fundamentada en nuestra inteligencia y valores positivos.

No hay más salida que la formación, invariablemente concluimos lo mismo.

Daniel Gilbert no lo pudo resumir con menos palabras: “La sociedad quiere que consumamos, no que seamos felices”. Creemos que alcanzaremos la auténtica felicidad si logramos disponer de más comodidades y riquezas, pero nos equivocamos, la felicidad no es el resultado de satisfacer nuestros deseos materiales. La felicidad se esconde tras el noble esfuerzo, tras la vida útil y tras nuestra entrega incondicional –sin esperar recompensas ni agradecimientos- al prójimo.  Como decía Richard I. Evans: “Los hijos no nos recordarán por las cosas materiales que les dimos sino por la convicción de que les quisimos”. En lo transitorio y en lo perecedero no encontraremos más que frustración. Muchas veces son los ojos de los demás, no los nuestros, los que nos arruinan, ya que para poder presumir ante los otros, con demasiada frecuencia, incurrimos en gastos innecesarios. Emerson proclamó que “ser tú mismo en un mundo que intenta constantemente convertirte en otro, acaso es el mayor de los logros”. Ser capaces de vivir austeramente en un entorno de abundancia es un reto importante y un valor a trasmitir a las futuras generaciones. Despilfarrar aquello de lo que muchas personas carecen es inmoral. Tener acceso no equivale a tener derecho a usar inadecuadamente los recursos. No permitamos que nuestros hijos derrochen, porque se habituarán, con ello, a conducirse de forma egoísta en otros campos y circunstancias, abusarán de los recursos, de las palabras, de las personas, desperdiciarán oportunidades, agotarán los medios y crearán un mundo menos justo y solidario.   

LUIS ALLUÉ BELLOSTA