Ser capaces de vivir austeramente en un entorno de abundancia es un reto importante y un valor a trasmitir a las futuras generaciones. Despilfarrar aquello de lo que muchas personas carecen es inmoral. Tener acceso no equivale a tener derecho a usar inadecuadamente los recursos. No permitamos que nuestros hijos derrochen, porque se habituarán, con ello, a conducirse de forma egoísta en otros campos y circunstancias, abusarán de los recursos, de las palabras, de las personas, desperdiciarán oportunidades, agotarán los medios y crearán un mundo menos justo y solidario.  
        Empezaba a odiar el  ahorro y el interés compuesto, miraba y remiraba su paquete de chicles y éstos le parecían demasiado caros.
       -Aclaremos una cosa, inmersos en esta devastadora crisis son muchos los que  afirman que hay que gastar más -sin importar en qué-, que debemos consumir indiscriminadamente  para incentivar la producción y disminuir el paro –apuntó Alicia.
       -No todos defienden esa falacia. Para gastar más –siguiendo esas tesis Keynesianas- no se les ocurre nada mejor que imprimir ingentes cantidades de dinero que –al no estar soportadas por el patrón oro- provocarán un aumento de los precios y una disminución del poder adquisitivo de los ciudadanos. Keynes alegaba que para salir de las recesiones había que aumentar el gasto público, aunque se contratara gente para enterrar botellas que luego otros debían desenterrar. ¿Crees que eso genera riqueza?
       -Por ese motivo Ben y Warren me dicen que compre acciones –interrumpió Alicia-, porque el dinero valdrá cada vez menos. ¿No es así?
       -¡Justo!, por eso mismo –certificó Dale. Y además ofrecen ese dinero a unos intereses –impuestos a golpe de decreto- extremadamente bajos, con la finalidad de que nos endeudemos aún más. Fomentar más deuda -cuando ésta ha sido la principal causa  de la actual crisis- es una medida genial. ¿No te parece? –añadió Dale, con sorna. No te sientas mal ahorrando, ahorra todo lo que puedas, porque con ello contribuirás al futuro y sano crecimiento de las empresas. El ahorro es fundamental para generar inversión, eso lo defendió Hayek, premio Nobel de la escuela austriaca de economía. Fabricar más dinero, de la nada -sin aumentar los factores productivos que generen una riqueza real y sostenible en el tiempo- provoca una hiperinflación empobrecedora. Aunque no te lo creas, es en las burbujas expansivas donde se destruye la riqueza, en esos booms desaforados todo vale, cualquier inversión y proyecto, por inútil que sea, puede dar beneficios iniciales. Es en las crisis, en los craks, cuando todo vuelve a su orden lógico, saliendo reforzados los proyectos empresariales sanos y viables y hundiéndose los que sólo vendían humo. Como decía Buffett, “sólo cuando baja la marea sabemos quien se bañaba desnudo”. Si el omnipotente Estado fiscalizador (mediante subsidios y rescates indiscriminados) ayuda y rescata a esos negocios absurdos, penalizará aquellos sectores productivos rentables y con ello perpetuará y acentuará la crisis. El intervencionismo estatal es nefasto, la libertad de mercados, en cambio, sí conduce a la prosperidad. Los bienes son limitados y una redistribución injusta y coercitiva amparada por ese Estado justiciero implica premiar a los malos castigando, necesariamente, a los buenos. Los Estados -con políticas de expansión crediticia y agresivas medidas fiscales confiscatorias- distorsionan los modelos de negocio futuros y generan incertidumbre e inseguridad en cuanto a la toma de decisiones eficientes. Como afirman Braun y Rallo: “La gran recesión fue producto no de la desregulación o la codicia, sino del excesivo intervencionismo del Gobierno sobre la moneda, la banca y los mercados financieros”.  (Luis Allué Bellosta)