Dedicado a un amigo:

-Los gigantes tienen, todos ellos, dos cosas en común. La primera, el deseo de obtener la excelencia y mejorar la vida de los demás con sus logros. La segunda, que su principal motivación era el desafío en sí mismo, no el afán por ganar mucho dinero. Los gigantes tienen un propósito, una misión, un ardiente ¡SI! interior que hace posible decir ¡No! a otras cosas menos importantes. Para esos colosos el éxito implicaba, necesariamente, ser auténticos líderes en sus respectivos ámbitos de influencia y vivir la vida como una gloriosa aventura. Sublimaron las crisis y los fracasos, interpretándolos como oportunidades para sobreponerse y desarrollar toda su constancia y su ingenio. Los obstáculos no eran sino bendiciones disfrazadas. “He s ido un hombre afortunado; en la vida nada me ha sido fácil”, eso lo dijo otro gigante, Sigmund Freud. Lo que conseguimos con demasiada facilidad nunca es objeto de gran estimación. Sólo lo que nos cuesta obtener otorga valor a las cosas. El cielo sabe poner un precio adecuado a sus bienes”, son palabras de  Thomas Paine.  La adversidad nos pone a prueba y hace que saquemos lo mejor que llevamos dentro. Es cierto que “c ualquiera puede alcanzar el éxito pero muy pocos eligen alcanzarlo”. Encontraron, con frecuencia, la violenta oposición de personajes mediocres y envidiosos, pero salieron adelante porque la visión de esos luchadores iba sellada en lo más profundo de sus corazones. Esos eruditos concentraron todos sus esfuerzos en las metas que se marcaron, gracias a ello su  mente rechazó lo que no era importante para la consecución de sus objetivos. Fueron íntegros en sus ambiciones  y en su comportamiento, tratando a todos por igual, sin contradecir sus valores ni su personalidad. Y esa excelencia, esos buenos hábitos, los aplicaron todos los días de su vida, siguiendo a Aristóteles: “Somos lo que hacemos día a día. De modo que la excelencia no es un acto sino un hábito”. El Talmud lo recordó con otras palabras: “Un mal hábito entra como un huésped, se une a la familia y, finalmente, se hace con el control”. Esos gigantes proactivos abrazaron nuevas ideas, rompiendo con la tradición y con modos de pensar limitantes, transformando y mejorando el mundo. Descubrieron el “porqué” de su existencia y eso les permitió superar cualquier “cómo”. Empezaron haciendo lo necesario, luego aquello que les fue posible y acabaron consiguiendo lo imposible. Construyeron castillos con las piedras que les lanzaron sus adversarios. Como dijo Martín Luther King: “La verdadera medida de un hombre no la da su actitud en momentos de fortuna y bienestar, sino cuando se enfrenta a las dificultades de la vida”. Todos tenemos problemas y muchos de ellos irresolubles, pero los grandes maestros demostraron su inteligencia adaptándose y aceptándolos, concentrando sus esfuerzos en enfrentarlos. Reconocer que los contratiempos forman parte de la condición humana hará que no midamos la felicidad como la ausencia de obstáculos sino como la adaptabilidad a los mismos. Tendemos a creer, erróneamente, que son la gente y las circunstancias las que determinarán, en último término, nuestro nivel de felicidad, cuando son fundamentalmente nuestros propios pensamientos los que lo condicionan. Las personas inteligentes no protestan por aquellos hechos que no tienen remedio, no se lamentan por lo que no está en sus manos solventar, no se quejan ante los otros de sus enfermedades y dificultades en la vida si saben que no está en manos del prójimo el ayudarles; en definitiva, no buscan la autocompasión ni la de los demás. La queja continua es el refugio de los individuos inseguros y con baja autoestima, esa actitud negativa les ata e impide mejorar como personas.