Como es lógico, pensamos que nuestras ideas –que constituyen el núcleo de nuestra personalidad- son las correctas; si creyéramos  lo contrario perderíamos nuestra identidad y entraríamos en una profunda depresión y perdida de nuestra autoestima. De ahí la gran dificultad que supone el asumir nuestros errores y en acercarnos humildemente a otras formas de pensar que contradicen y luchan con nuestras ideas preestablecidas.  Tendemos ,pues, a extrapolar nuestras ideas y nuestra manera de invertir y pensar que los demás deberían actuar de forma similar.

Cuidado pues al dar consejos. Creo que es más prudente dar la información, ofrecerla de forma coherente y entendible y que cada cual obre en consecuencia.  Si no somos profesionales de la asesoría financiera tengamos presente la siguiente idea;  Informar SÍ, aconsejar NO.

Y si alguien nos pide directamente un consejo financiero, ¿Qué hacemos como no profesionales?...

No deberíamos aventurarnos en nuestras recomendaciones personales sin antes conocer las circunstancias económicas, personales y familiares del solicitante. También deberíamos saber cuáles son sus expectativas de rentabilidad y el plazo de inversión previsto.

Cuando sepamos todo eso y mucho más, deberíamos conocer la psicología y la personalidad de nuestro asesorado.

Ante todo humildad y sentido común. Seamos prudentes.