Esas manchas sobre esos lienzos tienen algo que me atrae, algo que sin duda justificaría  su elevado precio -de decenas de miles de euros- en el mercado de arte moderno. ¿No creen?  Quizás tenga usted razón si no le convenzo de su valor, aunque le aseguro que esos cuadros no están pintados por ningún mono. Acepto sus dudas ya que contra gustos no hay nada escrito, desde luego.

Recuerdo como Bernaus, el genial pintor, me insistía en su estudio, en la idea obsesiva de que sus cuadros no tenían líneas rectas (por lo menos de gran longitud en relación al tamaño del lienzo). Trataba de romper esas líneas del cuadro, y que tanta atención captaban del espectador, mediante la interposición de objetos que las fragmentaban.

Por aquel entonces, veinte años han pasado ya, yo no tenía ni la más remota idea de lo que era el análisis técnico (he de confesar que ahora tampoco) pero quizá esa manía de mi amigo pintor, por las líneas rectas, consiguió que mi inconsciente las rechazara cuando las veía marcadas en los gráficos bursátiles, aunque fuera por mimetismo y solidaridad.

He de confesar que mi  ánima aversión hacia las manchas (y no me refiero únicamente a las causadas por la sopa, en una camisa blanca, o a las inoportunas -y siempre molestas-manchas en la pared, producidas por una fuga de agua) es, por lo menos, tan considerable como la que tengo hacia las líneas rectas. No, no son esas manchas las que motivan parte de este artículo. Durante mucho tiempo he tratado de esforzarme en "contemplar" (permítanme la licencia de las comillas) determinado arte, que cotizándose a precios astronómicos se me antojaba difícilmente digerible por mi rigidez mental y, por supuesto, por mi ignorancia artística.  Créanme que lo he intentado y hasta en alguna exposición he pensado que algunos de esos cuadros podrían lucirse, con un mínimo de decoro, en determinados ambientes "modernos".  Hasta un día recibí una mirada incrédula de mi pareja ante las alabanzas que le mostraba por uno de esos cuadros informales (entiéndase carentes de formas reconocibles).

Quizá, mi mente trataba de volverse más flexible en un vano intento, pensando, quizá ingenuamente, que si entendía las manchas podría hacer lo propio con las líneas que surcan -desafiantes y arrogantes- los gráficos bursátiles. Líneas que dan tan grandes beneficios a quienes sí las comprenden. Creía que estaba cerca de conseguirlo pero hoy ha sucedido algo que me ha vuelto a la cruda realidad de mis pensamientos arcanos, rígidos y limitantes.  Acabado el curso, y ayudando a recoger la mesa del salón , secuestrada (la mesa) por mi hija -quien la "alquiló" para sus trabajos de la facultad de bellas artes- descubro un trapo de algodón, perfectamente doblado y repleto de manchas, manchas causadas por ser ese trapo, mártir y víctima de la necesaria limpieza del pincel que empleaba mi hija para su pintura al temple de iconos bizantinos. Lamentablemente esas imágenes que abren este artículo no son obras maestras del arte abstracto, son tan sólo manchas, son las manchas que he encontrado en ese trapo viejo. Como les decía, definitivamente renuncio a entenderlas..., ni manchas, ni líneas rectas.