Johan Palmstruch fue un comerciante holandés, nacido en Letonia, al que se atribuye la introducción de los billetes en Europa a través de Suecia. En 1657 funda el “ Stockholms Banco” (el precursor de “Sveriges Riksbank”, el Banco Central Sueco) un banco privado íntimamente ligado a la administración de las finanzas públicas, el cual empieza a imprimir billetes en 1661.

En 2012 Suecia evaluó la posibilidad de eliminar por completo el dinero físico para sustituirlo por dinero digital: tarjetas de crédito, medios de pago a través de internet y teléfonos móviles.

Desde entonces, no parece que haya dado el paso definitivo a pesar de los argumentos a favor de esa brillante idea como serían:
- Acabar con los robos y atracos.
- Eliminar el dinero negro y, por lo tanto, acabar con el blanqueo de dinero.
- Eliminar la evasión de capitales.
- Erradicar los sobornos y las mordidas.
En definitiva, eliminar el dinero físico sería un golpe tremendamente contundente contra la delincuencia y el crimen organizado; hasta ahí nada que objetar sino todo lo contrario.

En contrapartida nacería el mayor Gran Hermano que jamás habría imaginado el ser humano, ni siquiera El Show de Truman se acercaría a la nueva realidad. Alguien podría pulsar por error, por orden, por negligencia o porque sí el botón de “no pagar” o “no abonar” y en su lugar el de “cargar en cuenta”, “embargar cuenta” o cosas peores innumerables o simplemente inimaginables. Al hacer desaparecer el dinero físico, el (Gran) Estado, además de acabar instantáneamente con la mendicidad de facto, podría decidir hasta quién vive y quién muere; sin duda una terrible perversidad con fondo bueno justificado.

Las políticas monetarias de los bancos centrales controlarían por completo la masa monetaria, un sueño hecho realidad. La fiscalidad de todos los productos y su seguimiento serían exhaustivos, no se escaparía nada, ni nadie.

Habría que reinventar la corrupción tal y como la conocemos pero esa perversidad podría incluso ser un relevo mucho peor.