Cuando hace unos días la canciller alemana, Angela Merkel, anunció los planes de su Gobierno para llevar a cabo una colosal rebaja fiscal de 24.000 millones de euros de aquí a 2013, ningún economista se llevó las manos a la cabeza, a pesar de ir contracorriente respecto a las políticas del resto de sus vecinos europeos. En Reino Unido, por ejemplo, está a punto de iniciarse un ambicioso plan de privatizaciones en masa para que el Estado recaude más dinero con el que capear un déficit público que no deja de crecer cada mes. Mientras, en España, la vicepresidenta económica, Elena Salgado, ya ha confirmado un aumento de los impuestos, que se notará especialmente en las rentas de capital, penalizando a los ahorradores con una subida del 3% en sus ingresos.

De hecho, sólo los liberales del FDP –que gobiernan en coalición con los socialcristianos bávaros del CSU y los cristianodemócratas del CDU, al que pertenece Merkel- se han atrevido a criticar la reforma impositiva del Ejecutivo alemán, pero sólo por ser “demasiado poco ambiciosa”, en palabras de su propio líder, Guido Westerwelle. En cualquier caso, en lo que sí coinciden todas las principales fuerzas políticas germanas es que con este nuevo estímulo económico se logrará dar un fuerte empujón a la industria del país, que se ha visto especialmente afectada por la crisis del comercio internacional. No en vano, a pesar de la competencia de China, Alemania continúa siendo el primer exportador mundial. La locomotora teutona vuelve a coger impulso.

El primero en salir de la crisis

Alemania lleva varios años formando parte de una sonrojante lista: la de aquellos países de los Estados Miembros de la Unión Europea que superan el límite de déficit público fijado por el Pacto de Estabilidad Europeo, que es de un 3%. A día de hoy, los rigores de la recesión global han hecho que veinte de los veintisiete socios comunitarios incumplan esta magnitud. Sin embargo, pocos días antes de que Merkel anunciara su rebaja fiscal, el Banco Central de Alemania, el Bundesbank, auguraba que el país lograría reducir su déficit público por debajo del 3% en 2012.

Una buena noticia que se une al de las cifras del desempleo, que cerró octubre en el 8,2%, justo la misma tasa que a la vuelta del verano de 2007, cuando estalló la crisis de las hipotecas subprime en Estados Unidos. La reactivación de la economía germana se ha traducido en la creación de puestos de trabajo no sólo para los más jóvenes, sino, sobre todo, entre las clases medias y altas, “las grandes sostenedoras de la economía del país”, en palabras de Merkel, durante las vacas flacas de estos últimos meses.

Quizá por ello, este segmento de la población será el más beneficiado por la reforma fiscal, que ya en el próximo enero se traducirá en un aumento sobre la desgravación por cargas familiares, que pasarán de 6.024 a 7.008 euros anuales por hijo, mientras que el dinero que los padres reciben mensualmente por hijo aumentará hasta 20 euros al mes. Ya en 2011, se modificarán los porcentajes de desgravaciones según ingresos, que beneficiarán a los sueldos más altos.

Impulso a la integración

Los planes del Gobierno germano son todavía más ambiciosos. Entre los ejes principales de la política de Merkel se encuentra marcado con letras en rojo el de la integración completa de la Alemania Oriental, aprovechando que justo este noviembre se cumplen 20 años del derribo del Muro de Berlín, el muro de la vergüenza que condicionó la vida de muchas generaciones del país de la segunda mitad del siglo XX. Entre 2010 y 2019, Berlín inyectará 105.000 millones de euros para construir infraestructuras en la zona y revitalizar ciudades atrasadas. A este montante se añadirán alrededor de 51.000 millones de euros del Presupuesto Nacional.

No hay que olvidar que en 1993, el Ejecutivo creó un impuesto especial de solidaridad por el que los ciudadanos de la Alemania Occidental contribuían al desarrollo de la parte oriental del país. Gracias a ello, en los últimos quince años se han podido invertir más de 94.000 millones de euros en revitalizar los cinco Estados del este: Sajonia-Anhalt, Turingia, Brandenburgo, Sajonia y Mecklenberg-Pomerania Occidental.

Los resultados por estas políticas son bien tangibles. A comienzos de los años noventa, la producción en el sector oriental era aproximadamente un tercio que la de la zona occidental. Hoy equivale a más del 70%. Mientras, el desempleo, que en 2005 era del 19% y de más del 25% en 1995, apenas supera en la actualidad el 11%. La evolución es tan evidente que sólo basta con fijarse en los informes que publica el Instituto de Economía de Alemania, la principal entidad estadística del país. Hace menos de dos décadas, pronosticaba que la región oriental no estaría a la altura de la del oeste hasta pasado más de medio siglo. En su último documento, sitúa en 2020 el momento en el que la economía de ambos lados converja.