María, ciudadana de Kiev.

 

Hace unos días, por casualidad, tuve la ocasión de conocer a María, ciudadana ucraniana, residente en Kiev, que acudía a Madrid por trabajo. Mientras hacía de guía improvisada por Madrid, no pude resistir la tentación de interrogarla sobre la situación de su país. Sé que pensarán que es una visión parcial, pero no podía perder la oportunidad de conocer la opinión de, al menos, una ucraniana.

 

María me explicaba que el referéndum que se organizó en Crimea no cumplió, desde su punto de vista, los requisitos legales necesarios y fue un fraude. Según ella, el 28% de la población tártara no acudió a las urnas, se permitió el voto de los rusos no residentes, se permitía votar a una misma persona en más de un colegio electoral, etc,... María asegura que cuando les regalaron Crimea era un trozo de tierra inerte, sin servicios, sin gas, y que Ucrania la convirtió en una zona próspera y turística, pero no obstante, perderla lo podían interpretar como devolver el regalo previo.

 

En cuanto a los levantamientos prorrusos del este del país, su opinión cambiaba radicalmente. Para María, el que Rusia pretenda aniquilar a Ucrania y apoderarse del este del país no es una casualidad. Ucrania tiene un PIB de 133.895 millones de euros en 2013, en el que la agricultura representa un 10,4%, la industria un 32,8% y el sector servicios, un 56,8%. Exporta principalmente, por orden de importancia, materiales férreos, combustibles minerales, petróleo y derivados, minerales, locomotoras y material rodante, cereales, máquinas y equipos, productos químicos y semillas y frutos oleaginosos. Para que se hagan una idea, en la antigua Unión Soviética, Ucrania era la segunda república más importante, después de la propia Rusia, y representaba un tercio de la producción del hierro, acero y productos químicos de la extinta Unión. Casualmente, la base industrial de Ucrania se localiza principalmente en la cuenca del Donets, en el este del país, cerca de los enormes recursos naturales que existen en esa zona.

 

María me contaba que la televisión rusa bombardea las veinticuatro horas del día a sus ciudadanos con programación de exaltación a la patria, animando a los prorrusos a la lucha para liberar a Ucrania de las manos de Estados Unidos, asimilando a los tranquilos y demócratas ucranianos a los terroristas chechenos por querer mantener la independencia política, afirmando la unidad de todas las Rusias, como las denominan ellos. Sin embargo, los levantamientos se producen al este del país, la base industrial y económica.

 

Para María, de padre ruso y madre ucraniana, profesional del marketing digital, que habla ucranio, ruso, portugués, inglés y español, es inadmisible la conducta de sus compatriotas. Asegura que el origen del problema ha sido dejar circular libremente a los rusos por su país, tras la independencia, y considerarles “hermanos”. Los rusos, según ella, quieren sólo el este de su país porque es el motor de su economía, y fragmentar y dividir el resto. Asegura que después de recelar de otros países durante años, como por ejemplo, de Polonia, éstos se han convertido en aliados, mientras que Rusia les ha traicionado.

 

Lo que más me llamó la atención de nuestra conversación fue su firme creencia en la democracia en su país, la conciencia social de lucha frente a la posible invasión rusa y su sorpresa, a la vez que indignación, por la actitud de sus hasta ahora “hermanos rusos”. Comentaba que ni ella ni sus compatriotas pensaron nunca que se verían inmersos en un conflicto que puede desencadenar una guerra, pero que su identidad como nación les obliga a defender su territorio. Y me lanzó una velada amenaza: si la Unión Europea no se posiciona a su favor en el conflicto, el gas ruso no llegará al viejo continente a través de su gaseoducto.

 

Como estamos viendo, el pacto de Ginebra no ha servido para contener a los rebeldes y Kiev ha vuelto a lanzar una ofensiva que denomina antiterrorista. El conflicto se reaviva por momentos, María debe seguir inquieta ante la amenaza de guerra.