En lo que a gestores se refiere, uno de mis preferidos es Seth Klarman (y también uno de los de Warren Buffett, en vista de que a mediados de los 2000 circulaba por Wall Street que Buffett había mostrado su deseo de que Klarman fuese su sucesor en Berkshire, o en vista de que Buffett ha reconocido que el libro de Klarman es uno de los pocos libros sobre inversión que tiene en su despacho). En una entrevista con Jason Zweig en 2010, Klarman afirmó lo siguiente:

“[…] Estoy también preocupado de que no hemos obtenido el valor que de esta crisis deberíamos haber obtenido. La Gran Depresión nos condujo a una generación – o incluso dos – de distinto pensamiento. Crecí escuchando como nuestros abuelos vivían bajo una «mentalidad de depresión» . Es horroroso sufrir una depresión, pero es algo bueno el hecho de tener una mentalidad de depresión, porque significa que no estamos especulando, no vivimos por encima de nuestras posibilidades o no dejamos nuestro trabajo para tomar excesivos riesgos […] (Bajo esta mentalidad de depresión) existe algo estable en el país, una sociedad construida sobre esos valores[…] En cierto sentido, de la reciente crisis solo hemos desarrollado una mentalidad de «un par de semanas realmente malas» y eso no es suficiente para enseñarnos a evitar futuras burbujas y asegurar una fuerte recuperación”.

Este fragmento de la entrevista ha surgido en mi mente como si de un resorte se tratase al observar un informe del Office of the Comptroller of the Currency (OCC) que muestra la exposición total a derivados de bancos y ‘savings associations’ de los EE.UU. Cual es mi sorpresa al observar que dichas instituciones mantienen a fecha de 31 de diciembre de 2012 un valor nocional de 223 trillones de dólares o lo que es lo mismo, cerca de 14 veces el PIB del ‘país de las oportunidades’ (estando pricipalmente relacionados con coberturas sobre tipos de interés). Justo antes de la caída del banco de inversión Lehman Brothers la exposición total a derivados era de 183 trillones de dólares. La caída de Lehman fue en gran parte influenciada por su elevada exposición a estos instrumentos y supuso un proceso de quiebra cercano a los 600 billones de dólares, lo que le hizo merecer el dudoso honor de convertirse en el mayor de la historia. Las sonadas bancarrotas que siguieron a la caída de Lehman se produjeron principalmente en instituciones con elevada exposición a dichos instrumentos (AIG, Bear Stearns, Washington Mutual, Ambac…). Observen el siguiente gráfico:

Es increíble que cuatro instituciones mantengan más del 93% de la exposición total a estos derivados, especialmente cuando en su día fueron ‘demasiado grandes para caer’ y aún hoy en día  - más si cabe - siguen siendo ‘demasiado grandes para caer’. Puesto que los derivados son ‘un juego de suma cero’, siempre existirá una parte ganadora y otra perdedora. En caso de ocurrencia del ‘evento objeto de cobertura’ dichas instituciones se inclinarán bien hacia ‘el lado perdedor’ o bien hacia ‘el lado ganador’. En el primero de los casos las consecuencias son obvias, pero incluso partiendo desde el lado ganador no hay que descartar el ‘riesgo de contrapartida’, es decir, que quién tenga que hacer el desembolso no lo pueda hacer, como ya sucedió en 2008.

Las ayudas amparadas bajo la noción de que las grandes entidades financieras eran ‘demasiado grandes para caer’ parecen haber servido para desarrollar esa mentalidad de «un par de semanas realmente malas» que Klarman tanto temía en 2010.