Tras el colapso de 2008, las autoridades hicieron todo lo que estuvo en su mano para evitar lo que en su día Irving Fisher denominó ‘debt-deflation’. Según este economista, existen dos factores que conducen a la depresión, “a saber, sobreendeudamiento y la deflación consecuente poco después… En definitiva, los grandes actores son las perturbaciones de la deuda y del nivel de precios”. De este modo, Fisher prosigue:

 

“La deflación causada por la deuda reacciona sobre la deuda. Cada dólar de deuda todavía no devuelto se convierte en un dólar mayor, y si el exceso de endeudamiento con el que empezamos era lo suficientemente grande, la liquidación de la deuda no puede seguir el ritmo de la caída de precios que provoca. En ese caso, la liquidación se vence a sí misma. A pesar de que disminuye la cantidad de dólares adeudados, no puede hacerlo tan rápido como el incremento en el valor de esos dólares adeudados.”

 

Por ello, la prescripción de Fisher para combatir este proceso se basa en lo siguiente:

“Es económicamente posible detener o prevenir una depresión, simplemente volviendo a inflar el nivel de precios hasta el nivel promedio en el que las deudas pendientes fueron contratadas por los deudores existentes y asumidas por los acreedores existentes... Me gustaría destacar... que las grandes depresiones son curables y prevenibles a través de reactivación y estabilización.”

 

Con esta receta en su hoja de ruta, los principales bancos centrales impusieron medidas para reducir la carga de los agentes endeudados. Este colectivo, beneficiándose de la nueva ‘ola inflacionista’ podría devolver esa deuda. Habiendo aprendido la lección, nunca más volverían a contraer elevadas sumas de endeudamiento… 

Sin embargo, la realidad parece bien distinta. Muchos de aquellos que en 2008 imploraban clemencia y el mea culpa asegurando que esto no volvería a pasar están volviendo por los mismos derroteros de los tiempos de ‘vino y rosas’ (sin duda, una versión actualizada de las súplicas de San Agustín de Hipona quién rezaba: “Señor, dame castidad y dominio de mí mismo, pero todavía no” ). La liquidez creada por los bancos centrales nos ha conducido de nuevo a la complacencia. Al contrario de lo que en principio podría pensarse, el endeudamiento total (público y privado) sobre PIB es mayor en 2013 que en 2008.

 

 

Por el lado privado, en EE.UU. los préstamos a empresas con calificación inferior al ‘grado de inversión’ han sido de $683B en 2013, superando el anterior record de 2008 en más de un 15%, siendo un 57% de estos de tipo ‘ covenant-lite’, es decir, con bajas o nulas cláusulas de protección para el tenedor de la deuda. Durante ese mismo periodo, los ‘dividend recaps’ es decir, emitir deuda para pagar dividendos a los accionistas, ha llegado a $63B y la emisión de ‘bonos basura’ o de grado especulativo ha sido de más del doble que en los años 2006 y 2007, pese a que las rentabilidades de estos instrumentos se encuentran bajo mínimos, como se puede apreciar en el siguiente gráfico.

 

Si los mercados se caracterizan - como en su día escribió Galbraith - por “la extrema brevedad de la memoria financiera” quizá también deberíamos preocuparnos por las extraordinarias ‘propiedades amnésicas’ de la actual situación de extrema liquidez.