“La política de expansión artificial del crédito consentida y orquestada por los bancos centrales durante los últimos quince años no podía acabar de otra forma. El ciclo expansivo que ahora ha visto su fin se refuerza a partir de que la economía norteamericana saliera de su última recesión (fugaz y reprimida) en 2001 y la Reserva Federal reemprendiera la gran expansión artificial crediticia e inversora iniciada a partir de 1992. Esta expansión crediticia no se vio soportada por un aumento paralelo del ahorro voluntario de las economías domésticas. Durante muchos años, la masa monetaria en forma de billetes y depósitos ha crecido a un ritmo superior al 10% anual (lo que equivale a duplicar en cada periodo de 7 años el volumen total de dinero que circula en el mundo). Esta grave inflación fiduciaria de los medios de pago se ha colocado en el mercado por el sistema bancario en forma de créditos de nueva creación concedidos a tipos de interés muy reducidos (incluso negativos en términos reales), lo que ha impulsado una burbuja especulativa en forma de importante subida en los precios de los bienes de capital, activos inmobiliarios y títulos representativos de los mismos que se intercambian en la bolsa de valores, cuyos índices crecieron de forma espectacular”.

        - Jesús Huerta de Soto (2008)

 

¿Qué consecuencias tienen las políticas de manipulación de tipos de interés por parte de los bancos centrales? La respuesta, de forma resumida, es que distorsionan los fundamentos de una economía (supuestamente) de mercado. El siguiente gráfico es una prueba de ello. Desde el año 2000 hasta junio de 2013, los bonos del tesoro americano han obtenido mayor rentabilidad que el índice S&P 500. De hecho, el título del artículo es engañoso, al tratarse de trece años y medio, no de una década ‘extraña’.

Las consecuencias no son cuestión baladí si se tienen en cuenta las palabras del ya desaparecido Peter L. Bernstein, quien en la introducción a la cuarta edición del libro ‘Stocks for the Long Run’ de Jeremy Siegel, escribía lo siguiente:

"La prima de riesgo obtenida por las acciones en el largo plazo tiene que mantenerse intacta si el sistema va a sobrevivir. En el sistema capitalista, los bonos no pueden y no deberían rendir más que las acciones en el largo plazo. Los bonos son contratos que pueden hacerse cumplir en un tribunal. Las acciones no prometen nada a sus propietarios - las acciones son inversiones arriesgadas que implican un alto grado de fe en el futuro. Por lo tanto, las acciones no son inherentemente ‘mejores’ que los bonos, sino que demandamos una mayor rentabilidad para compensar su mayor riesgo. Si el retorno esperado a largo plazo de los bonos fuese mayor que el retorno esperado a largo plazo de las acciones, los activos estarían valorados de forma que el riesgo no aportaría ninguna recompensa."

Antes de nada y para evitar cualquier malinterpretación, mi objetivo no es el de criticar la teoría de Siegel, que afirma que las acciones son a largo plazo el vehículo de inversión más adecuado para maximizar los retornos de una cartera (Bernstein aclara que, bajo un sistema capitalista, esto debe de ser un axioma), sino que el lector llegue a ser consciente de como uno de los fundamentos del capitalismo, la relación riesgo/recompensa, ha sido permanentemente violada durante los últimos trece años y medio.

¿Donde ha estado la prima de riesgo durante todo este tiempo? Mi respuesta es que la rentabilidad de los activos (siempre) depende del nivel del precio de entrada y que este, para el caso de las acciones a principios del año 2000, se correspondía con 'la madre de todas las burbujas', como muestra el gráfico siguiente, que mide la duración y alcance de los ciclos alcistas experimentados por la bolsa de los EE.UU. durante toda su história en términos de la ratio CAPE o ratio de Shiller.

Tal vez la frase de J. M. Keynes; “Cuando el desarrollo capitalista de un país se vuelve subproducto de las actividades de un casino, el trabajo está claramente mal hecho" cobre hoy su máxima relevancia.