Al Senado del Imperio llegaron senadores más o menos inexpertos. Poco a poco y pese a las diferencias entre ellos se crearon discusiones entretenidas y en general enriquecedoras, se forjaron relaciones personales, algunas de ellas inicialmente bastante tempestuosas y en general los senadores con ánimo de vitalicios aprendieron bastante y disfrutaron de su estancia allí. César estaba contento, porque un Senado vivo, reforzaba su prestigio y hacía que nuevos senadores y otros ciudadanos de bien llegaran al Imperio.
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Desgraciadamente, este prestigio atrajo a los mercaderes, que llenaron el Senado de su propaganda, que ocuparon los púlpitos para hablar y hablar de lo que querían vender, unos más descaradamente y otros intentando llevar el debate a su propia casa, más subrepticiamente dificultando así el inicio de una conversación en el Senado. Lentamente los mercaderes fueron acallando a los senadores y cada vez la calidad de los debates en el Senado fue empobreciéndose más y más, y los senadores vitalicios, impregnados de esta desidia se fueron distanciando. César, no distinguiendo muy bien entre la algarabía y el discurso sereno e informado, no hizo nada por expulsar a los mercaderes y el Senado se fue haciendo cada vez más decrépito.
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No quiere decir esto que los senadores no tuvieran su parte de culpa, ya que podrían haber mantenido la llama viva y seguir intentando introducir sus debates entre la maraña publicitaria, pero bueno, es comprensible, ya que muchos de ellos habían establecido relaciones personales, y se juntaban en sus lares, pasando cada vez menos por el Senado.
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Un día un senador bocazas y atrevido le planteó a César que su actitud iba directa a la caída del Imperio. Tan bocazas fue que se permitió interpretar la situación probablemente sin conseguir un quórum informado de los demás senadores...