En este blog de Economía de El País  se comenta el último folletín -o escándalo- que afecta a uno de los mayores y también más prestigiosos bancos de Wall Street, JP Morgan. El corresponsal económico en los EEUU, Sandro Pozzi, nos pone al día de las cuitas del banco y de su presidente. 

Más allá del análisis económico, que luego comentaremos, no puedo dejar de hacer notar la ironía de todo este asunto. Nadie controlaba nada, o eso parece. 

El problema de la sofisticación financiera llevada a su extremo es que llega un momento en que nadie sabe lo que pasa: todo va bien, muy bien, hasta que empiez a ir mal. Es decir, si se gana dinero, los jefes no quieren saber cómo se hace (en el suspuesto de que pudieran entenderlo) y si va mal pues tampoco pasa nada, a no ser que se convierta en un escándalo de amplio alcance; se tapa todo. Y los que sufren las consecuencias son los accionistas. Los gestores salen bien parados. En fin, una vez más, los incentivos perversos junto con el problema de agencia, originan la tormenta financiera perfecta.