Del ahorro a la inversión: cuatro claves para dar el paso
Como cada 31 de octubre, celebramos el Día Mundial del Ahorro, una fecha que, en una sociedad cada vez más consumista y obsesionada con la satisfacción momentánea, resulta fundamental reivindicar. Sin embargo, el ahorro debería entenderse como el primer paso hacia la inversión y, quizás, tras más de 100 años de historia, la celebración debería evolucionar hacia el Día Mundial de la Inversión. Con motivo de esta jornada, Jaume Saenz de Santamaría Malo, analista de Ibercaja Gestión, señala por qué el ahorrador español no suele dar ese siguiente paso y cuáles son las cuatro claves que explican esta situación.
1. Ahorrar es el punto de partida, no la meta
Durante décadas, nuestro poder adquisitivo ha evolucionado hasta permitirnos cubrir buena parte de nuestras necesidades básicas e incluso excederlas. De este modo, buena parte de quienes vivimos en economías desarrolladas mantenemos una capacidad de ahorro positiva a lo largo de nuestra vida laboral. Es durante este periodo cuando acumulamos recursos de forma prudente, pensando en poder hacer uso de ellos en el futuro.
En España, el bajo nivel de educación financiera lleva al ahorrador medio a no dar el siguiente paso para convertirse en inversor. Existe una gran diferencia entre acumular dinero y construir un patrimonio: lo primero consiste en reservar recursos para el futuro, mientras que lo segundo implica hacer que ese esfuerzo acumulado en forma de ahorro crezca por encima de la inflación.
2. El exceso de liquidez no responde a una necesidad, sino a un desconocimiento
Los datos del Banco de España sobre la composición de la riqueza financiera de las familias revelan que un 34 % del ahorro se canaliza a través de depósitos y cuentas corrientes, una cantidad excesivamente alta. Mantener niveles tan elevados de activos líquidos no responde a las necesidades del día a día de las familias. La raíz del problema se encuentra en el desconocimiento de dos factores tremendamente relevantes: el coste de oportunidad asumido y el funcionamiento de los mercados financieros.
3. La inflación es el principal adversario de quien ahorra
Gran parte de los ahorradores desconoce, o no termina de entender bien, las consecuencias que la inflación tiene a largo plazo. La pérdida de poder adquisitivo fruto del aumento de los precios es el principal enemigo del ahorrador, que en ningún caso debería permanecer quieto contemplando cómo el fruto de su esfuerzo se ve deteriorado por un factor externo.
En los últimos años, los distintos shocks energéticos han hecho que encadenemos varios periodos inflacionarios y el valor de nuestro ahorro se ha visto deteriorado seriamente. En tan solo diez años, el euro ha perdido un 25 % de su valor. Dicho de otro modo, quien hubiese dejado 10.000 euros en una cuenta corriente sin remunerar en 2016 tendría hoy una capacidad de compra de 7.500 euros.
4. El envejecimiento convierte el complemento al ahorro en una necesidad estructural
Por si fuera poco, existe una segunda tendencia que hace aún más necesario desarrollar una mentalidad inversora: el envejecimiento de la población. España es uno de los países donde más acusado es este fenómeno, con cerca de un 22 % de la población por encima de los 65 años. Este cambio demográfico es difícilmente reversible y plantea desafíos para el sistema de pensiones y la sostenibilidad de las finanzas públicas.
Bajo esta premisa, lo más probable sigue siendo que las pensiones continúen, pero posiblemente requerirán de un complemento que permita mantener los estándares de vida que pretendemos. Por tanto, el coste de oportunidad de no invertir es demasiado alto, e incluso aquellas personas con una aversión al riesgo elevada y un perfil muy conservador deberían ser capaces de dar el paso y convertirse en inversores.
En ocasiones, lo que nos impide dar el paso es el miedo, un miedo que surge del desconocimiento de los mercados financieros. El ahorrador teme perder todo su dinero cuando invierte y sufre cuando ve pequeñas caídas temporales en su saldo. Acostumbrado a la estabilidad de la cuenta corriente, cualquier movimiento negativo es interpretado como una señal de alerta.
5. Da el paso de ahorrador a inversor
En primer lugar, es imprescindible conocerse a uno mismo, identificando cuánto riesgo se está dispuesto a asumir y qué objetivos se quieren alcanzar con el dinero; empezar poco a poco, con cantidades asumibles que puedan aumentarse progresivamente, sin esperar al momento perfecto; convertir el ahorro en un hábito, ya que acertar el mejor momento para invertir es mucho más difícil que mantener una estrategia constante. Por último, diversificar las inversiones entre distintos activos y mercados para reducir riesgos innecesarios y pensar a largo plazo teniendo en cuenta que la paciencia suele ser la mejor aliada del inversor frente a las emociones y el ruido de los mercados.