Todos hemos leído esa frase cientos de veces. O, mejor dicho, todos hemos escuchado alguna versión de ella cuando hablamos de dinero.
Y muchos inversores también han sentido, en algún momento, que su banco les prometía tranquilidad mientras su cartera apenas avanzaba o estaba llena de productos que nunca llegaron a entender.
Durante los últimos años, especialmente en un entorno de tipos de interés negativos y márgenes cada vez más estrechos para las entidades financieras, gran parte de la industria ha puesto demasiado el foco en vender el producto y muy poco en entender a la persona que había detrás de la inversión.
Por esa misma razón, este artículo no va de eso.
Va del valor que tiene el método que hay detrás de unos resultados, del trato cercano que todavía existe y de demostrar que aún es posible hacer asesoramiento patrimonial como antes: con cercanía, con independencia y con tiempo para escuchar al cliente. Sin olvidar la importancia de trabajar con profesionales que informan, conocen a sus clientes y les ayudan a elegir, en lugar de elegir por ellos, ese es mi estilo.
No escribo este artículo para promocionar nuestra rentabilidad del 45,78% desde el lanzamiento de nuestra cartera modelo en 2023. Es un dato y, como cualquier otro, pertenece al pasado. Lo escribo porque creo que demuestra algo mucho más importante: una forma de trabajar, por y para el cliente, de mirar siempre al mismo punto, porque el éxito de una relación de asesoramiento solo tiene sentido cuando cliente y asesor comparten el mismo objetivo. Una filosofía basada en seleccionar buenos gestores, diversificar con criterio y mantener la disciplina cuando el mercado invita a hacer justo lo contrario.
Pero también en tener la humildad de cambiar aquello que deja de funcionar.
Porque gestionar una cartera no consiste en comprar unos fondos y olvidarse de ellos; consiste en revisarla constantemente, cuestionar las decisiones y adaptarse cuando el mercado cambia. Recientemente, un potencial cliente me dijo una frase que se me quedó grabada:
"Yo no quiero ser un grano en un montón de arena."
Y mi respuesta fue inmediata "Por supuesto que no".
Nadie quiere ser un número de expediente.
Nadie quiere hablar cada vez con una persona distinta.
Quiere saber por qué está invirtiendo en ese fondo y no en otro. Quiere entender qué está haciendo con su patrimonio. Y, cuando las cosas se ponen difíciles, quiere tener a alguien al otro lado del teléfono que responda con argumentos, no con un folleto comercial.
En resumen, el cliente quiere que conozcan su historia, sus objetivos y sus preocupaciones. Quiere que alguien le diga cuándo mantener la calma, pero también cuándo hay que actuar.
Vivimos en un mundo donde cada vez escuchamos más el "la IA me ha dicho...", sustituyendo al antiguo "lo he buscado en Google y...". Una buena herramienta, que no sustituye al criterio. Porque el criterio nace de la experiencia, de haber vivido distintos ciclos de mercado, de equivocarse, de aprender y, sobre todo, de conocer a la persona que tienes delante.
Eso es, para mí, el asesoramiento patrimonial.
Si este artículo te ha hecho reflexionar sobre la forma en la que inviertes o sobre el asesoramiento que recibes, quizá haya llegado el momento de tener una segunda opinión.
Con la cercanía y con el criterio que intento transmitir en cada línea de este artículo.
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