La IA y los nuevos términos del juego: cuando la inteligencia deja de ser un recurso escaso
Por Dara White, Director Global de RV de Mercados Emergentes
Recientemente argumentábamos que la tecnología no eliminaría la escasez, sino que la trasladaría. La inteligencia se volvería abundante, mientras que la energía, los semiconductores, las infraestructuras y los materiales necesarios para producirla se convertirían en los recursos estratégicos por los que competirían gobiernos y empresas. Los acontecimientos recientes han reforzado esta idea: la IA ya no se percibe únicamente como software, sino como un activo geoestratégico cuyo acceso puede condicionarse, restringirse o utilizarse como instrumento de influencia.
La IA está acelerando esta transición de tres formas. En primer lugar, la inteligencia utilizable se está convirtiendo en un bien manufacturado. A diferencia del software tradicional, requiere una producción continua basada en energía, capacidad de computación, datos y capital. Aunque los usuarios interactúan con aplicaciones aparentemente intangibles, la infraestructura que las sustenta es profundamente física y depende de complejas cadenas de suministro globales.
En segundo lugar, las ventajas competitivas son cada vez más físicas y difíciles de replicar. A medida que el acceso a la inteligencia se abarata, factores como la energía, la capacidad industrial, las infraestructuras críticas, las relaciones con clientes y las autorizaciones regulatorias adquieren un valor creciente. El acceso a tecnología avanzada depende cada vez más de recursos escasos y de decisiones políticas.
En tercer lugar, la carrera por el liderazgo en IA se está librando en torno a infraestructuras, capacidad energética y seguridad de suministro. La capacidad para desarrollar inteligencia artificial a escala exige inversiones masivas y fortalezas industriales que van mucho más allá del software.
Para los inversores, la cuestión ya no es simplemente si la IA representa una burbuja. Más relevante es identificar dónde se generará valor dentro de este enorme despliegue de infraestructuras. La historia demuestra que los grandes ciclos de inversión suelen crear ganadores y perdedores, pero también dejan activos duraderos que transforman la economía.
Las implicaciones para los mercados emergentes son especialmente importantes. Las economías que dependen de la exportación de mano de obra para tareas que la IA puede automatizar podrían enfrentarse a presiones sobre el empleo, los salarios y el crecimiento. Por el contrario, los países que controlan recursos, energía, capacidad industrial o componentes esenciales para el ecosistema de la IA podrían beneficiarse de una posición más sólida.
El caso de India ilustra algunos de estos desafíos. Su éxito en servicios tecnológicos y procesos empresariales ha sido una fuente clave de crecimiento durante décadas. Sin embargo, la IA puede reducir la necesidad de ampliar plantillas para mantener el crecimiento de ingresos, planteando interrogantes sobre el impacto futuro en el empleo y el consumo.
En última instancia, el mapa económico global no está desapareciendo; está cambiando. A medida que la inteligencia se vuelve más abundante, el valor tiende a desplazarse hacia aquello que sigue siendo escaso: energía, semiconductores, capacidad industrial, infraestructuras, materiales críticos y recursos difíciles de reproducir.
Para los mercados emergentes, esto no implica una pérdida de relevancia, sino un cambio en las fuentes de ventaja competitiva. Los futuros ganadores probablemente serán aquellos capaces de ofrecer capacidades, recursos o infraestructuras que resulten difíciles de sustituir. Para los inversores, la clave no es solo identificar qué es escaso hoy, sino comprender cuánto tiempo seguirá siéndolo y quién estará en posición de capturar ese valor.
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