La otra cuesta de septiembre: ¿es realmente el mes con peor fama de la bolsa?
Ya está aquí septiembre. Un mes que la mayoría de personas le tienen un poco de tirria. Simboliza el fin de las vacaciones de verano, la vuelta a la rutina, los gastos del colegio, de la renovación del gimnasio, de la factura de la luz de un verano entero con el aire acondicionado encendido… En fin, la de sobra conocida como “la cuesta de septiembre”.
Lo que muchos desconocen es que hay otra cuesta de septiembre, pero esta vez bursátil. En los mercados, el noveno mes del año arrastra una reputación tan sólida que tiene nombre propio en la literatura financiera anglosajona: el September effect. Cada final de agosto reaparecen los titulares avisando de que llega "el peor mes para la bolsa", y también cada final de agosto una parte de los inversores se pregunta si no debería quedarse en liquidez unas semanas y volver en octubre.
Sin embargo, antes de hacer algún cambio en la carretera merece la pena mirar los números antes de tomar una decisión.
¿Qué dicen las estadísticas?
Septiembre no se ha ganado la mala fama del peor mes de la bolsa por nada. Según los cálculos de Bank of America, el S&P 500 ha registrado en septiembre una rentabilidad media del -1,17% desde 1928. En casi un siglo de historia, ningún otro mes del calendario acumula un promedio peor.
Ahora bien, conviene leer ese número con calma, porque es más pequeño de lo que la leyenda sugiere. Un -1,17% de media es menos de lo que el mercado se mueve en una semana cualquiera sin que nadie lo considere noticia. No estamos ante un desplome anunciado, sino ante un promedio ligeramente negativo acumulado durante casi cien años.
¿Por qué le pasa esto precisamente a septiembre?
No hay una explicación única ni demostrada, pero sí varias hipótesis que se repiten y que resultan razonables. La más citada es el reajuste de carteras tras el paréntesis estival. En septiembre vuelven a sus mesas gestores e inversores particulares, se revisan las posiciones con la cabeza fría y se deshacen las que no convencen. Todo lo que se aplazó en julio y agosto se ejecuta de golpe en apenas unas semanas.
A eso se suma un factor de caja muy doméstico. Septiembre es un mes caro para las familias, como hemos dicho antes “la cuesta de septiembre” y hay quien vende parte de su cartera para cubrir los gastos del verano y de la vuelta al colegio. Cuando esa decisión se multiplica por millones de ahorradores, deja huella en el volumen de ventas.
Está también el efecto del regreso de las vacaciones en el ánimo inversor. El verano suele traer un mercado más plano y con menos volumen; en septiembre se recupera la actividad normal y con ella la disposición a mover posiciones que llevaban meses paradas.
Y hay, por último, un elemento puramente técnico: el vencimiento trimestral de futuros y opciones del tercer viernes de mes, que concentra operaciones y suele traer sesiones de mayor volatilidad. No es un factor bajista en sí mismo, pero sí amplifica los movimientos.
Ninguna de estas explicaciones, conviene subrayarlo, dice nada sobre lo que hará el mercado este septiembre en concreto. Describen un comportamiento observado, no una causa que se active automáticamente cada 1 de septiembre.
El mercado no lee el calendario
Aquí está la clave de todo el asunto: la estacionalidad es una estadística, no una bola de cristal. Que septiembre haya sido históricamente complicado no significa que este septiembre vaya a serlo. El mercado no sabe qué mes es. Y tampoco lee el calendario.
Lo que sí lee son los tipos de interés, los beneficios empresariales, los datos de empleo y el contexto económico de cada momento. Esas variables no cambian porque se pase una hoja del almanaque, y son las que explican de verdad por qué las bolsas suben o bajan.
Hay además un argumento de lógica difícil de rebatir. Si un patrón estacional fuera realmente predecible y estuviera al alcance de cualquiera, los inversores se anticiparían vendiendo en agosto. Ese adelanto trasladaría la caída un mes atrás y borraría el propio patrón. Es la razón por la que las anomalías de calendario tienden a difuminarse en cuanto se hacen célebres.
Para el ahorrador de largo plazo, la conclusión práctica es más aburrida que el hecho de tildar a septiembre como el peor mes en bolsa. Intentar esquivar un mes concreto obliga a acertar dos veces: al salir y al volver a entrar. La aportación periódica, la diversificación y un horizonte temporal coherente con los objetivos de cada uno resuelven el problema de la estacionalidad sin necesidad de mirar el calendario.
Si estos meses de vuelta a la rutina son también los de revisar la cartera, conviene hacerlo mirando el perfil de riesgo y los objetivos, no el calendario. Mapfre Gestión Patrimonial cuenta con una red de expertos financieros que pueden ayudarte a definir y mantener una estrategia adaptada a tu situación, en septiembre y en cualquier otro mes.