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El impacto de los programas de Biden y Trump para los inversores

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Las elecciones de 2020 en Estados Unidos podrían conducir a cambios profundos a nivel de impuestos, gasto, cambio climático y atención sanitaria, pero quizá no de comercio. 

Randeep Somel, gestor de cartera asociado, M&G Investments

EXCLUSIVAMENTE PARA INVERSORES PROFESIONALES

El Día del Trabajo, que se celebra en Estados Unidos el primer lunes de septiembre, marca el inicio informal de la fase final de la campaña electoral, tras las convenciones nacionales de los dos grandes partidos. 

Aunque el discurso electoral en dichos eventos se ha concentrado en el carácter de los candidatos y no en las medidas que tomarían, podemos comenzar a descifrar cómo sería un segundo mandato republicano bajo Donald Trump o una presidencia demócrata de Joe Biden.

Los planes tributarios de Biden

El partido demócrata tiende a asociarse con mayores niveles de gasto y de impuestos, y la elección de Biden continuaría probablemente esta tendencia. Se estima que las subidas impositivas propuestas sobre las mayores rentas y las compañías recaudarían unos 3,2 billones de dólares en un plazo de 10 años. 

Pero pongamos esta cifra en contexto: la Oficina de Presupuesto del Congreso prevé que el déficit federal para 2020 rondará los 3,3 billones de dólares, lo cual equivale al 16% del producto interior bruto (PIB) estadounidense. Se trata del mayor déficit relativo (respecto al tamaño de la economía) desde 1945. Incluso antes de la pandemia de coronavirus, el déficit presupuestario en 2019 era de 1 billón de dólares al año.

Cuando los tipos de interés son muy bajos, como hoy en día, los grandes déficits presupuestarios son asequibles debido al bajo coste de amortización. No obstante, si el precio del dinero sube en el futuro, los mayores pagos de intereses supondrían una carga sobre las finanzas federales.

Para financiar un estímulo fiscal, el plan de Biden contempla subir el impuesto sobre la renta. Hoy en día, la cuota a la seguridad social en Estados Unidos es de tan solo el 6,2% (tanto para el empleado como para la empresa) en el primer tramo de base de cotización de 137.000 dólares. El candidato demócrata también aplicaría esta tasa sobre ganancias superiores a los 400.000 dólares, y elevaría la tasa impositiva correspondiente al tramo superior de base imponible (por encima de los 510.300 dólares) del 37% al 39,6%. 

Los planes de Biden y la América corporativa

Asimismo, el antiguo vicepresidente demócrata elevaría la tasa del impuesto de sociedades del 21% al 28%. Aunque esto supondría un golpe para el sector bancario, que no tiene gastos de capital ni de I+D para compensarlo, un impuesto de sociedades del 28% todavía es inferior al vigente bajo el presidente Obama, cuando muchas corporaciones estadounidenses aparcaron capital en el extranjero para evitar tener que pagar mayores impuestos domésticos. 

Biden también ha declarado en el pasado que las empresas del país deberían dejar de recomprar acciones propias. Si bien es probable que tal afirmación no sea más que retórica populista, de convertirse en medida podría perjudicar a la bolsa estadounidense, cuyas compañías han realizado operaciones considerables de autocartera.

Lo que sí es más probable en caso de victoria demócrata es un aumento del salario mínimo federal, que el equipo de Biden ha prometido elevar a 15 dólares por hora. Esto debería impulsar el gasto discrecional, pero perjudicaría a las pymes y a los comercios, que ya han pasado apuros durante los confinamientos debidos al coronavirus en 2020.

Cambio climático y atención sanitaria

El gobierno del presidente Trump ha anunciado su intención de retirarse del Acuerdo de París sobre cambio climático de las Naciones Unidas, y el próximo presidente decidirá en última instancia el rumbo de la mayor economía del mundo.

Si Joe Biden es elegido, lo más seguro es que Estados Unidos permanezca como signatario y ponga en marcha un plan para lograr cero emisiones netas de cara a 2050. Biden ha anunciado un plan climático que implicaría un gasto de 2 billones de dólares durante cuatro años para elevar significativamente el uso de energía limpia en los sectores de transporte, electricidad y construcción. Esta propuesta está diseñada para estimular el crecimiento económico y reforzar la infraestructura, abordando al mismo tiempo el cambio climático. 

La atención sanitaria es otro campo de batalla electoral. Es probable que Biden persiga políticas dirigidas a facilitar el acceso a la atención sanitaria, como una refinanciación de la ley Obamacare. Todo apunta a que no veremos un solo proveedor sanitario nacional a gran escala, como proponían otros candidatos demócratas de talante más izquierdista.

Trump, por su parte, también ha intensificado la retórica en torno a los precios de los fármacos en Estados Unidos, afirmando que los reducirá hasta los niveles internacionales. Aunque esto podría propiciar cierta volatilidad de precios entre las acciones sanitarias a medida que se acerca la cita en las urnas, la amenaza que les habría supuesto la elección de un presidente demócrata más radical ha pasado.

«Made in America»

Tanto republicanos como demócratas han alabado a los sindicatos y respaldado propuestas para repatriar actividad manufacturera a los Estados Unidos. La ley American Foundries Act de 2020, por ejemplo, cuenta con el respaldo político de ambos partidos y trata de fomentar la producción doméstica de semiconductores.

Desde que anunciara su candidatura en 2015, Donald Trump ha sostenido en todo momento que Estados Unidos ha participado en acuerdos comerciales desfavorables que iba a renegociar, amenazando con la aplicación de aranceles y de medidas de represalia de ser necesario.

Con objeto de recuperar votos de obreros en estados bisagra como Pensilvania, Ohio, Míchigan y Wisconsin, los demócratas han abandonado su previo respaldo casi completo de acuerdos comerciales internacionales y adoptado una actitud dura en este ámbito. 

Aunque una presidencia de Biden sería probablemente positiva para las compañías asiáticas que comercian con Estados Unidos comparado con la alternativa, la etapa idílica de comercio internacional sin restricciones bajo los presidentes Clinton, Bush Jr. y Obama parece ser cosa del pasado. 

¿Una «ola azul» en 2020?

Los comicios de noviembre no giran solamente en torno a la presidencia de los Estados Unidos, sino que también decidirán si un único partido controla ambas cámaras del Congreso: la totalidad de la Cámara de Representantes y un tercio del Senado están en juego.

Actualmente, los demócratas controlan la cámara baja y los republicanos el Senado. Para lograr la aprobación de su agenda legislativa, Biden necesitaría una mayoría demócrata en ambas cámaras del Congreso.

Aunque las encuestas han indicado de forma constante que Biden lleva ventaja a Trump, vale la pena recordar que casi todas ellas pronosticaron una victoria de Hillary Clinton en 2016. Y ahora, es probable que la pandemia y el malestar civil dificulten más si cabe la elaboración de sondeos certeros. 

Tampoco hay que olvidar que el sistema de colegio electoral significa que los estados bisagra guardan especial importancia en la elección del próximo presidente. Las encuestas en estados bisagra clave todavía apuntan a una victoria de Biden, pero mucho más apurada que a nivel nacional.

Es probable que haya poco margen de diferencia

Con el aumento del voto por correo este año, cuyo recuento llevará más tiempo, es posible que se repita lo ocurrido en las elecciones de 2000, en las que no se declaró ganador alguno en la noche de los comicios. 

La polémica está servida. En 2005, una comisión bipartidista presidida por el antiguo presidente Jimmy Carter destacó que los votos por correo son el modo más fácil de cometer fraude electoral. De haber cualquier indicio de fraude, uno u otro candidato podría negarse a aceptar el resultado y las elecciones serían decididas por el Tribunal Supremo, como en 2000. Tal escenario estará enormemente politizado.

Aunque la investidura del próximo presidente no tendrá lugar hasta el 20 de enero de 2021, lo cual da tiempo para la resolución de tales cuestiones, no cabe duda de que un resultado disputado inyectaría incertidumbre en los mercados mientras no se declare un ganador legítimo y oficial.


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