Las tres etapas de la jubilación: por qué no necesitarás el mismo dinero a los 65 que a los 85 años

Las tres etapas de la jubilación: por qué no necesitarás el mismo dinero a los 65 que a los 85 años

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Cuando pensamos en la jubilación, solemos hacernos dos preguntas: ¿cuánto cobraré de pensión? y ¿cuánto dinero necesito ahorrar para vivir tranquilo?

Son preguntas necesarias, pero dejan fuera una cuestión que puede cambiar completamente nuestra planificación financiera: no vamos a vivir toda la jubilación de la misma manera.

No tenemos las mismas necesidades a los 67 años que a los 82 o a los 90. Nuestra actividad, nuestros hábitos, nuestra salud y nuestras prioridades pueden evolucionar, y con ellos también lo hará nuestra forma de gastar.

Por eso, en lugar de calcular un único presupuesto mensual y proyectarlo durante treinta años, resulta más útil dividir la jubilación en tres etapas: la jubilación activa, la jubilación tranquila y la jubilación de los cuidados.

No son edades ni comportamientos que se cumplan exactamente para todas las personas. Son una herramienta para organizar mejor las decisiones financieras y anticipar necesidades diferentes.

Primera etapa: de los 65 a los 75 años. La jubilación activa

Después de décadas trabajando, muchas personas llegan a la jubilación con ganas de aprovechar el tiempo disponible.

Viajar, salir a comer, practicar aficiones, disfrutar de la familia o realizar actividades que habían ido aplazando durante su vida laboral.

Es posible que durante estos primeros años tengamos buena salud, energía y más tiempo para gastar en experiencias.

Por eso, aunque desaparezcan algunos gastos relacionados con el trabajo, el presupuesto de ocio puede aumentar.

La primera etapa de la jubilación no tiene por qué ser la más barata. De hecho, puede ser una de las que más recursos necesite.

Imaginemos una persona que quiere mantener un nivel de gasto de 2.800 euros mensuales y que dispone de una pensión neta de 1.600 euros.

La diferencia es de 1.200 euros al mes, que deberá financiar con su patrimonio.

Durante diez años, necesitaría complementar su pensión con 144.000 euros, antes de considerar la rentabilidad de las inversiones y otros factores.

Aquí surge una pregunta importante: ¿hemos preparado nuestros ahorros para poder disfrutarlos durante esta etapa sin poner en peligro las siguientes?

No se trata simplemente de tener dinero invertido, sino de saber qué parte podemos utilizar, cuándo y con qué riesgos.

Segunda etapa: de los 75 a los 85 años. La jubilación tranquila

Con el paso de los años, las prioridades pueden cambiar.

Quizá viajemos menos, prefiramos actividades más cercanas a casa y reduzcamos determinados gastos de ocio. Pero también pueden aparecer nuevas necesidades relacionadas con la comodidad, la vivienda o la salud.

En esta segunda etapa, el gasto podría disminuir, aunque no tiene por qué hacerlo en todos los casos.

Supongamos que el presupuesto mensual pasa a ser de 2.400 euros y que la pensión neta continúa siendo de 1.600 euros.

Necesitaríamos complementar nuestros ingresos con 800 euros mensuales.

Durante diez años, eso representaría 96.000 euros.

Planificar la jubilación suponiendo que gastaremos exactamente lo mismo a los 68 que a los 82 años puede llevarnos a tomar decisiones poco ajustadas a nuestras necesidades reales.

Ahora bien, tampoco debemos asumir que todos los gastos disminuirán con la edad. Cada persona tendrá una situación familiar, una vivienda, unas necesidades sanitarias y unas preferencias diferentes.

Por eso, más que utilizar porcentajes generales de reducción del gasto, conviene construir un presupuesto propio y revisarlo periódicamente.

Tercera etapa: de los 85 a los 95 años. La jubilación de los cuidados

Esta es una etapa que muchas veces queda fuera de nuestros cálculos.

Cuando planificamos la jubilación solemos pensar en viajes, aficiones o en mantener nuestro nivel de vida. Sin embargo, también debemos contemplar la posibilidad de necesitar ayuda para determinadas actividades cotidianas.

Asistencia a domicilio, adaptación de la vivienda, acompañamiento, cuidados especializados o una residencia pueden suponer gastos importantes.

No significa que todas las personas vayan a necesitar estos servicios ni que aparezcan necesariamente a partir de los 85 años.

Significa que debemos estar preparados para afrontar esa posibilidad.

Imaginemos que, debido a estas necesidades, el gasto mensual asciende a 3.800 euros y que seguimos percibiendo una pensión neta de 1.600 euros.

El patrimonio tendría que aportar 2.200 euros mensuales.

Durante diez años, estaríamos hablando de 264.000 euros.

Una planificación financiera que solo contemple los primeros años de jubilación puede dejar sin resolver precisamente la etapa en la que más ayuda económica necesitemos.

Y hay otra cuestión que no podemos olvidar: la longevidad.

Cada vez resulta más importante contemplar escenarios en los que vivamos más años de los inicialmente previstos. No basta con que el patrimonio dure hasta una edad concreta si existe la posibilidad de superarla.

Un ejemplo práctico: cuánto dinero necesitamos en cada etapa

Reunamos los tres escenarios anteriores.

EtapaGasto mensualPensión netaComplemento mensualNecesidad en 10 años
65–75 años2.800 €1.600 €1.200 €144.000 €
75–85 años2.400 €1.600 €800 €96.000 €
85–95 años3.800 €1.600 €2.200 €264.000 €
Total   504.000 €

Todas las cantidades están expresadas en euros de poder adquisitivo constante y corresponden a un supuesto ilustrativo.

La primera conclusión es que las necesidades económicas no son iguales durante toda la jubilación.

La segunda es que 504.000 euros no es necesariamente el capital que deberíamos tener ahorrado el día que nos jubilemos.

Es la suma de las necesidades de financiación durante treinta años en este ejemplo.

Para determinar el capital inicial necesario habría que considerar la rentabilidad de las inversiones, la inflación, la fiscalidad, los costes, la evolución de la pensión y la posibilidad de vivir más años.

También deberíamos analizar qué ocurriría si los mercados sufren caídas importantes justo cuando empezamos a retirar dinero de nuestra cartera.

Por tanto, no podemos convertir una suma de gastos futuros en una cifra de ahorro necesaria sin realizar antes una planificación más completa.

No todo el dinero de la jubilación debería cumplir la misma función

Una vez que hemos identificado las necesidades de las tres etapas, podemos empezar a organizar nuestro patrimonio.

El dinero que necesitaremos durante los primeros años no tiene el mismo horizonte temporal que el que posiblemente utilizaremos dentro de veinte o veinticinco años.

Esto no significa que debamos contratar tres productos financieros diferentes ni construir tres carteras independientes.

Significa que debemos asignar una función a cada parte del patrimonio.

Para los gastos más próximos necesitaremos prestar especial atención a la liquidez y al riesgo de tener que vender inversiones en un mal momento.

Para las necesidades más lejanas podremos estudiar inversiones con horizontes temporales superiores, siempre teniendo en cuenta nuestra tolerancia al riesgo, capacidad para asumir pérdidas y situación personal.

Y para los posibles gastos de cuidados deberemos valorar qué recursos queremos reservar y qué mecanismos de protección pueden tener sentido.

La inversión debe adaptarse a la planificación financiera, no al revés.

No se trata de buscar primero el producto que más rentabilidad promete y después decidir para qué utilizaremos el dinero.

Se trata de identificar nuestros objetivos, cuantificar sus necesidades y construir una estrategia de inversión coherente con ellos.

El riesgo de llegar a la jubilación y tener miedo de gastar

Existe otra situación que merece atención.

Imaginemos una persona que ha trabajado durante cuarenta años, ha conseguido ahorrar, tiene su vivienda pagada y dispone de una cartera de inversiones suficiente para complementar su pensión.

Sin embargo, cuando llega el momento de jubilarse, sigue teniendo miedo de utilizar ese dinero.

Renuncia a viajes, aplaza experiencias y limita gastos que podría permitirse porque teme quedarse sin recursos en el futuro.

El ahorro le ha proporcionado seguridad, pero no necesariamente tranquilidad para disfrutarlo.

Aquí aparece una función de la planificación financiera de la que se habla menos: no solo debe ayudarnos a evitar quedarnos sin dinero, también debe ayudarnos a saber cuánto podemos gastar.

Estamos acostumbrados a trabajar con presupuestos máximos para controlar nuestros gastos.

Pero durante la jubilación puede ser igualmente útil calcular cuánto podemos gastar de forma razonable sin comprometer los objetivos futuros.

Quizá la planificación no nos diga que tenemos que ahorrar más.

Quizá nos permita descubrir que podemos disfrutar de los primeros años de jubilación con mayor tranquilidad, porque hemos reservado recursos suficientes para las etapas posteriores.

Naturalmente, ningún cálculo elimina por completo la incertidumbre. La salud, los mercados financieros, la inflación y nuestras circunstancias personales pueden cambiar.

Por eso la planificación debe revisarse y ajustarse con el paso del tiempo.

¿Cuándo deberíamos empezar a preparar estas tres etapas?

Lo ideal es hacerlo antes de llegar a la jubilación.

Cuanto más tiempo tengamos, mayor capacidad tendremos para organizar el ahorro, adaptar nuestras inversiones y corregir posibles desviaciones.

Pero también tiene sentido realizar este ejercicio si ya estamos jubilados.

En ese caso, la cuestión no será cuánto necesitamos acumular, sino cómo administrar el patrimonio disponible para financiar las distintas etapas de nuestra vida.

En ambos casos conviene partir de unas preguntas concretas: qué pensión esperamos recibir, cuánto queremos gastar durante los primeros años, qué necesidades podrían aparecer más adelante, de qué patrimonio disponemos y qué riesgos estamos dispuestos a asumir.

Las respuestas permitirán construir distintos escenarios y tomar decisiones con mayor criterio.

La jubilación no consiste únicamente en acumular dinero

Durante nuestra vida laboral dedicamos muchos años a ahorrar, invertir y construir patrimonio.

Pero llegará un momento en el que tendremos que utilizar parte de esos recursos para financiar nuestra vida.

Ese cambio exige una forma diferente de entender el dinero.

La primera etapa puede ser para disfrutar de nuestro tiempo. La segunda, para mantener nuestra calidad de vida. Y la tercera, para disponer de recursos si necesitamos cuidados.

Las tres merecen atención, aunque ninguna pueda predecirse con exactitud.

Por eso considero que la pregunta más importante es:

¿Cómo puedo organizar mi patrimonio para vivir cada etapa de mi jubilación con tranquilidad, sin renunciar innecesariamente a disfrutar de lo que he conseguido ahorrar?

Esa es una de las principales funciones de una buena planificación financiera.

Si quieres conocer cómo podrían quedar estas tres etapas en tu situación personal, podemos analizar tus ingresos, tus gastos, tu patrimonio y tus objetivos para construir un plan que te permita tomar decisiones con mayor seguridad, escríbeme al 649 82 99 72.

Los importes, edades y escenarios utilizados son exclusivamente ilustrativos. No constituyen una previsión de rentabilidad, una recomendación de inversión ni asesoramiento financiero personalizado. Las rentabilidades no están garantizadas y las necesidades económicas dependerán de las circunstancias de cada persona. Las cuestiones fiscales deben consultarse con el asesor fiscal correspondiente.

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