Acabamos de ser testigos de un milagro médico.

Ha transcurrido menos de un año desde que algunos laboratorios farmacéuticos iniciaron los ensayos clínicos de las vacunas contra el COVID-19 hasta que han comenzado a inocularlas a la población. Este ritmo vertiginoso ha desafiado las expectativas de los profesionales sanitarios y ha salvado innumerables vidas. El desarrollo de la vacuna ha sido mucho más rápido que el de otros fármacos similares.

La disponibilidad de una vacuna es un proceso complejo que suele medirse en años o décadas. Para muestra, un botón: la introducción en 1955 de la vacuna contra la polio del doctor Jonas Salk requirió casi 50 años de investigación y ensayos clínicos. Más recientemente, se necesitaron unos 42 años para desarrollar las vacunas contra la varicela y el ébola.

«No es exagerado decir que estas vacunas contra el COVID-19 constituyen uno de los mayores logros científicos de toda la historia», señala la analista Laura Nelson Carney, especializada en compañías farmacéuticas y biotecnológicas europeas y con un doctorado en neurociencia. «Y lo que es más: la capacidad de fabricación mundial también es superior a lo que podríamos haber imaginado hace un año. Este año se fabricarán 13.000 millones de dosis».

Un esfuerzo verdaderamente global

En una época marcada por la rivalidad y la competencia mundial, este logro histórico representó una extraordinaria cooperación en todo el mundo. Pensemos, por ejemplo, en la vacuna introducida de forma conjunta por Pfizer y BioNTech, la primera en recibir la autorización para su uso en Estados Unidos.

«Fue desarrollada por una pareja turca al frente de una compañía alemana que estaba asociada con una multinacional estadounidense liderada por un inmigrante griego y con un director científico escandinavo», señala el gestor de renta variable Richmond Wolf. «Todo ello es una gran muestra de la naturaleza global que tiene hoy en día la innovación».

Este esfuerzo de colaboración también contó con el apoyo de compañías, gobiernos y universidades de todo el mundo. La compañía biotecnológica Moderna se asoció con una división de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos para desarrollar una vacuna similar, y el gigante farmacéutico AstraZeneca trabajó con la Universidad de Oxford para elaborar su propia versión.

Estados Unidos (a través de la operación «Warp Speed») y la Unión Europea proporcionaron un nivel de financiación que solo los gobiernos pueden ofrecer. «Los miles de millones de dólares proporcionados por los gobiernos permitieron que las compañías pudieran realizar en paralelo muchos de los pasos que normalmente harían en distintas etapas consecutivas», señala Nelson Carney.

Todas estas aportaciones, y otras procedentes de distintas partes del mundo, avanzaron a un ritmo vertiginoso:

31 diciembre 2019: aparecen los primeros casos en Wuhan

5 enero 2020: el virólogo chino de Shanghái Zhang Yongzhen y su equipo consiguieron descifrar el genoma del virus tras 40 horas de trabajo ininterrumpido. Hace unos veinte años se secuenció por primera vez el genoma humano, tras una investigación realizada por los Institutos Nacionales de Salud estadounidenses que se prolongó durante casi quince años y que costó más de 2.700 millones de dólares.

11 enero 2020: Edward Holmes, profesor de la Universidad de Sidney, llama a Zhang desde el aeropuerto de Shanghái y le pide permiso para hacer pública la secuenciación del genoma del virus. Zhang accede justo antes de que su avión despegue, y Holmes publica dicha secuenciación en Virological.org.

13 enero 2020: mediante el uso de modelos informáticos, la compañía biotecnológica Moderna, de Cambridge (Massachusetts), con Hamilton Bennett, de 35 años, al frente, desarrolla la primera posible vacuna con la tecnología de ARN mensajero. La biotecnológica alemana BioNTech, dirigida por los investigadores turcos Ugur Sahin y Ozlem Tureci, modelan una vacuna en un plazo similar. Al cabo de unos meses, BioNTech se asocia con Pfizer para desarrollar, fabricar y distribuir la vacuna.

21 enero 2020: la vacuna de Moderna se envía a los Institutos Nacionales de Salud estadounidenses para el inicio del ensayo clínico de Fase 1.

9 noviembre 2020: la vacuna de Pfizer-BioNTech muestra una eficacia del 94% frente al virus.
Mediados de diciembre 2020: el Organismo estadounidense para el Control de Alimentos y Medicamentos («US Food and Drug Administration», FDA) emite la autorización de uso de emergencia para la vacuna de Pfizer y, una semana después, para la de Moderna.


¿Será así de rápido el futuro desarrollo de los medicamentos?

La pregunta obvia que se hacen tanto los científicos como las compañías es si este ritmo vertiginoso de desarrollo puede repetirse. Aunque es posible que los gobiernos no apliquen el mismo nivel de gasto al desarrollo de medicamentos que el que han empleado en las vacunas contra el COVID-19, lo cierto es que la velocidad de la ciencia ha dado un gran salto adelante.

Según Wolf, los avances en el análisis genético y el desarrollo de las primeras vacunas con tecnología de ARN mensajero están abriendo el camino a una nueva era de la medicina. Estos avances pueden ser especialmente disruptivos en el área de inmunooncología, o en el tratamiento de ciertos tipos de cáncer.

«Podemos secuenciar los tumores, comparar sus mutaciones con el mapa del genoma humano e identificar y adecuar las terapias a mutaciones concretas», señala Wolf. De hecho, las terapias derivadas de las pruebas genéticas tienen el potencial de prolongar la vida humana y generar miles de millones de dólares en beneficios a aquellas compañías que las desarrollen con éxito.

Consecuencias para la inversión

1. El descubrimiento de fármacos se internacionaliza

Estados Unidos y Europa no son las únicas regiones que contribuyen al proceso de descubrimiento de fármacos. Tal y como señala Nelson Carney, la compañía biotecnológica BeiGene acaba de obtener la primera autorización por parte de la FDA para un medicamento contra la leucemia llamado Brukinsa. Otra compañía, HUTCHMED, podría obtener este mismo año la autorización para su tratamiento contra los tumores neuroendocrinos.

En el futuro, el papel que desempeña China en la industria farmacéutica global, tanto como mercado final como fuente de innovación de relevancia mundial, no hará más que aumentar.

2. Los mercados pueden llegar a ser enormes

Para ciertos tipos de cáncer y otras enfermedades comunes, el mercado potencial es inmenso. «El primer inhibidor chino de PD-1, de la misma categoría que el fármaco Keytruda de Merck, solicitó su aprobación en Estados Unidos hace solo unas semanas», señala Nelson Carney. «Este mercado podría alcanzar los 50.000 millones de dólares. Se prevé que el nivel máximo de ventas del fármaco de Merck se sitúe entre los 25.000 y los 30.000 millones. La patente no expira hasta 2028, pero ya hay cuatro compañías pisándole los talones que también pretenden solicitar la autorización en Estados Unidos».

3. La década de 2020 estará dominada por el sector sanitario

Si durante la década de 2010 fueron los titanes tecnológicos, entre los que se incluyen las FAANG (Facebook, Apple, Amazon, Netflix y Google, o Alphabet) los que lideraron los mercados y cambiaron el mundo, es posible que en la década de 2020 sean las compañías sanitarias las que tomen el relevo. «El sector está viviendo su momento más emocionante», señala Wolf. «Y todo empezó con la secuenciación del genoma humano. Llevamos veinte años desarrollando y mejorando estas herramientas, y ahora las utilizamos no solo para ofrecer diagnósticos más precisos, sino para desarrollar mejores terapias y adaptarlas a dichos diagnósticos».