Los mercados no se han leído el manual: 10 hechos que desafían la intuición de los inversores
Para comprender mejor las rentabilidades a largo plazo, conviene volver a los factores fundamentales que las propician. La rentabilidad de las acciones depende principalmente del crecimiento de los beneficios, mientras que la de los bonos está más condicionada por su rendimiento al vencimiento. Una vez establecido este marco, las estadísticas históricas ofrecen algunas enseñanzas que pueden parecer contrarias a la lógica.
La rentabilidad esperada de las principales clases de activos, sobre la base de hipótesis normativas, puede resumirse de la siguiente manera:
La rentabilidad de las acciones procede principalmente del crecimiento de los beneficios y, en menor medida, de los dividendos repartidos a los accionistas. A largo plazo, los beneficios tienden a evolucionar con el crecimiento nominal de la economía (es decir, el crecimiento real del PIB más la inflación). También puede tenerse en cuenta la evolución de los múltiplos de valoración, pero se trata de un ejercicio sumamente difícil y, a largo plazo, esta variación tiende a neutralizarse, bajo la hipótesis de un retorno a un nivel de valoración estable.
Los bonos, por su parte, tienen una rentabilidad ampliamente determinada por su rentabilidad al vencimiento. Y por lo que respecta al precio, a medida que se aproxima el vencimiento, el precio de un bono tiende a converger hacia la paridad, es decir, hacia su valor de reembolso. La rentabilidad, por su parte, combina tres componentes: el tipo monetario, determinado por el tipo de interés del banco central, que remunera el simple hecho de diferir el consumo; la prima por plazo, que remunera la incertidumbre asociada a la duración de la inversión, especialmente en lo que respecta a la evolución de la inflación; y la prima de crédito, que remunera el riesgo de que el emisor no pueda hacer frente a sus obligaciones.
Sin embargo, en materia de inversión, nuestra intuición puede ser una mala consejera, especialmente a corto plazo. Nos lleva a esperar el «momento adecuado», a confundir volatilidad y riesgo, o a creer que el cash es siempre una inversión prudente. Sin embargo, los datos a largo plazo cuentan una historia muy diferente.
Los años muy buenos son más frecuentes que los malos
En los últimos 100 años, ha habido más años naturales en los que los índices de renta variable han registrado rentabilidades superiores al 20% que años en los que han registrado rentabilidades inferiores al 0%.
Hasta el pero market timer acaba ganando
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, si cada año se hubiera invertido sistemáticamente en la peor clase de activo, entre acciones, deuda soberana y bonos corporativos, aun así se habría obtenido una rentabilidad positiva.
El mejor timing de mercado... es estar invertido
Durante los últimos 40 años, si se hubiera invertido 1 euro únicamente en los máximos del índice de renta variable estadounidense (S&P 500), la tasa interna de rentabilidad (TIR) habría sido del 10%. Si se hubiera invertido únicamente en los mínimos, la TIR habría sido del 11%.
Con el tiempo, las trayectorias divergen. En cambio, las rentabilidades convergen
La volatilidad de las rentabilidades anualizadas evoluciona en función del horizonte temporal. En la renta variable europea, pasa del 20% en un horizonte de un año al 9% en un horizonte de 5 años y al 4% en un horizonte de 10 años. Cuanto más se prolonga el horizonte de inversión, más converge la rentabilidad anual hacia su media histórica. En cambio, las caídas y los cambios de régimen siguen siendo difíciles de prever.
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